Ahora que es invierno y hace frío, encontré esta nota escrita en el verano:
En el subte habia un mejicanito con una portorriqueña. Y el mejicanito le decia si le podia dar un beso (estaban juntos, se entiende) y la porto (que le gustaba hacerse la cocorita) se largaba unas parrafadas tipo: "Tu eles como tolos los homble'. Yo estoy contigo y somos amigos, y entonces están los que cleen que todo pasa así... pol alte de magia. No me gusta que me plesionen... Tiene' que aplendél a lespetal a las pelsonas", etc., etc.
Y el mejicanito la miraba desde atrás de sus anteojos azules, y sonreía con una de esas sonrisas mejicanas que quieren decir que no están escuchando un pomo lo que les decís (como cuando en los restaurantes preguntas si te pueden hacer el chocolate con leche, y te dicen que sí, y te lo traen con agua igual) — y entonces, cuando la otra paraba de cotorrear, el mejicanito agarraba y le decía de nuevo: "¿Me das un beso?"
Y la otla empezaba otla vez con su despliegue de eles y de molal y buenas costumbles, y así hasta la playa en Coney Island, que es como el infierno, el purgatorio y el cielo de Dante, todo junto, donde cada persona hace una cosa sola, infinitamente, y esa cosa define lo que es... Por ejemplo yo traté de barrenar y la malla casi se me sale porque no tiene cordón. Y después intenté de nuevo.
14 enero, 2007
29 noviembre, 2006
Cap. 8: COMO EL ARTE (NO HAY NADA)
Escribe el Pulpo:
Hace un tiempo me asaltó la idea de que al blog le hace falta un poco de vida, de color, de variedad. Durante el curso de mis investigaciones y estudios, mientras revisaba la extensa documentación sobre el tema, encontré una imagen tan hermosa, tan delicada y tan profunda, que no puedo menos que compartirla con ustedes.
Hace un tiempo me asaltó la idea de que al blog le hace falta un poco de vida, de color, de variedad. Durante el curso de mis investigaciones y estudios, mientras revisaba la extensa documentación sobre el tema, encontré una imagen tan hermosa, tan delicada y tan profunda, que no puedo menos que compartirla con ustedes.
17 noviembre, 2006
Cap. 7: LA LUZ INTERIOR
Resumiendo: Había quedado en ir a consolar al Pulpo, cuyo hámster, Zenón, se había dado a la fuga, dejando no sólo a su dueño sino a la casa entera sin energía eléctrica (todo explicado y detallado en cap. 3 y 5). Y no es que tenga mucho tiempo libre, yo. Dos trabajos tengo (ver capítulo 2), y soportar al Pulpo, tres. Así que ese día que les estaba contando fue de mal en peor.
En mi primer curro (pasear perros) tenía que empezar con un perrito nuevo, Krugger, un Rottweiler simpatiquísimo. Lo había ido a conocer un par de días antes. Contrariamente a la fama de los de su raza, éste era una seda. Se enrrollaba en los pies de su dueño como un gatito. Se paró en dos patas (tenía exactamente mi altura) y me lamió la cara. Pude apreciar de cerca su cuello ensamblado con músculos gruesos y tensos como las cuerdas graves de un piano, sus colmillos delicados y todavía blancos. "Está a punto de cumplir tres, pero es como un cachorro todavía", confirmó el dueño. Hice la pregunta de rigor en estos casos, "¿Cree que puede ser agresivo la primera vez que venga?" "Para nada, en absoluto", respondió el hombre. "Acá están las llaves". Perfecto. No sé cómo será el asunto en los países donde estén leyendo esto, pero en Nueva York uno tiene las llaves de las casas y pasea a los perros mientras la gente está en su trabajo.
Así que dos días después ahí estoy yo, abriendo la puerta y llamando, "Krugger, Krugger", con mi voz de cordero. Debo agradecer a DIos, si es que está leyendo esto, el hecho de que yo tuviese mi mochila en la mano derecha y que la incomparable dentadura de Krugger atravesara sólo su tela y el CD player que llevaba adentro en lugar de mi húmero, mi cúbito o mi radio. Lo malo fue que la mochila cayó justo en el pequeño espacio abierto de la puerta, atascándola y haciéndome imposible recuperarla, sobre todo porque Krugger había puesto una garra sobre ella y me miraba mientras producía un sonido como el que nadie oyó desde que algún antepasado nuestro pasara los domingos dibujando búfalos en el techo de su caverna y apedreara a los leones que le arruinaban el césped.
Pero Krugger conocía su oficio. Seguramente pensaba en una ración extra de carne molida a la noche. Cada intruso aniquilado es un ascenso... Era un perro con ambiciones, no un advenedizo. Con un empujón que no pude contener abrió la puerta un poco más y sacó su cabeza al pasillo... después una pata... todo esto sin dejar de gruñir... Yo creo que a Teseo el asunto ese del Minotauro le fue más fácil... Yo no tengo a nadie que venga a embellecer mis acciones... Homero... Ovidio... todos farsantes. Esto que les cuento ocurrió tal cual.
Corrí escaleras arriba. Era mi única opción. Krugger había tomado posesión del pasillo. Logísticamente hablando no era ningún tonto tampoco. Seguramente había tenido entrenamiento militar. Quiero decir que, como era el primer piso y no había ascensor, técnicamente tenía el edificio bajo control. Nadie podía entrar ni salir sin pasar por su dominio.
Las siguientes cinco horas fueron lentas y dramáticas, pero pueden resumirse así: una chica que bajaba me encontró arrinconado en un recodo de la escalera. Le expliqué lo mejor que pude que no era ni vendedor ni consumidor de drogas y que la situación abajo era grave. Se entiende que yo no podía llamar por teléfono al dueño del perro porque mi agenda estaba en poder del mismo. Pensé en la cinta de Moebius. Me desvanecí. La chica me dejó pasar a su departamento, que compartía con otras tres. Eran todas pakistaníes. "Hay un león suelto ahí abajo", informó. (Supongo que entendió "wild lion" cuando le dije "rottweiler"). Prepararon té y nos sentamos a esperar, turnándonos para vigilar el pasillo, para alertar en caso de que alguien quisiera pasar. Debo decir que tomaron la noticia con bastante calma, salvo una a la que se le estaba haciendo tarde. Trabajaba en esa librería del Village, "Non-Imperialist, Non-Opressive Books"... Justo en esa...
Mientras con el resto hablaba del mundial de hockey y de Ali G, podía ver cómo la cara le iba cambiando de color... rojo... verde... negro. Abajo Krugger ululaba como un endemoniado y parecía haber descubierto dónde se guardaban las escobas y los líquidos para limpiar el piso. Me pregunté si sabría armar explosivos...
A la cuarta o quinta taza de té la chica no pudo resistirse más. "¡Esto es un típico producto de la sociedad machista!", explotó. "¿A quién se le ocurre tener un animal como ese si no es a un hombre?" Era cierto, el dueño era un rubio de esos que se miran al espejo mientras levantan pesas y juegan fútbol americano en la universidad. "¡Y hacía falta otro para dejarlo suelto!" Esto ya se dirigía a mí, me pareció. Me puse en guardia. La chica siguió gritando, "¡Habría que prenderle fuego!¡Habría que cortarle las bolas!"
Yo sé que hablaba del perro, pero cuando manoteó el cuchillo me levanté de un salto y abrí la puerta. Las amigas intentaban controlarla, pero la chica rebotaba contra el techo... ¡Era una bomba de tiempo! ¡Peor! ¡Un arma de destrucción masiva! ¡Un piso más abajo Krugger se reía! ¡Yo lo oí! ¡Me estaba esperando! Me resigné a mi destino y empecé a bajar...
En ese momento sonó la voz del dueño y hubo un silencio y el perro se metió en su casa y mientras yo explicaba todo lo que había pasado y el hombre me decía que no podía ser, que yo le había hecho algo al perro, Krugger se sentaba, se hacía el muertito y daba la pata. Le devolví las llaves. Ya no importaba. Lo dejé en manos de la vecina de arriba, que bajaba tronando como una Valkiria. Pero de esa historia ya no sé nada...
Más tarde, en mi segundo trabajo (en la cocina de un restaurante) también hubo dificultades, cuando una comitiva de empresarios japoneses (de la cual esperábamos una honorable propina) devolvió los platos intactos y se retiró, quejándose de que el pescado no estaba lo suficientemente crudo.
*************
Cuando finalmente llegué a su casa (viernes, 3 am) el Pulpo me recibió a oscuras y me dijo (su voz temblaba con excitación), "Ya está, lo tengo".
"¿Qué cosa?¿Zenón...?"
"No, no: tu blog. Ya está".
"Bueno, me alegro, Pulpo, pero tuve un día larguísimo...", yo ya olisqueaba la cama, se entiende.
"Es la fórmula perfecta...", insistió el Pulpo. Me había agarrado un brazo y no me largaba. Tuve que escucharlo. "Time, Gente, The Paris Review, el Güáshinton Post, la BBC, Gallimard, National Geographics, Penthouse, The Wall Street Journal... todo junto, pero más mejor".
"Genial", le dije. "Pero yo ya tengo mis propias ideas, ¿'tamos?" Me soltó. Busqué la cama a tientas. La ecuación era simple: Dormir = Felicidad.
La voz del Pulpo cruzó la habitación y hundió su pico en mi oído:
"Porque supongo que no te vas a poner a escribir sobre qué dura es tu vida, y las cosas tan interesantes que te pasan con tus perritos, sus pulgas y los clientes tan aristocráticos y fungosos de tu restaurante, ¿no?"
Debo reconocer que en ese momento... no sé, como que me desperté un poco.
"Obviamente no, Pulpo. ¿Cómo se te ocurre tamaña cantidad de aburrimiento?" Insistí con mi línea de defensa: "Entonces ¿Me puedo ir a dormir? Gracias".
"Nóu wéy, man. Me ayudás a buscar al Zenón. Así vuelve la electricitud y me conecto a la web".
El Pulpo suelto en la web. Un peligro, pensé. Seguro que empieza el blog sin mí y pone cualquier cosa.
Durante cuarenta minutos sacudí los mismos tres almohadones, rezando para que el hamster no apareciera. Al final, hasta el Pulpo se dio por vencido. "Me tendría que comprar uno de esos chanchos fluorescentes", dijo. "Para emergencias como esta... Uno o dos, mejor... Son románticos... No hay nada como cenar a la luz de un cerdo... De última lo hacemos jamón... ¿Será esa la famosa luz interior...?".
No contesté. Un alivio que Zenón no apareciese. "Ahora todo el mundo se va a apolillar y listo...", pensé. "Mañana veo cómo le impido al Pulpo que se apodere de mi blog y de mi vida. Ahora, a dormir..."
Abrí la puerta de la heladera para llenerme un vaso con agua y ahí, regalándose un festín de roquefort y mortadela, en perfecto estado de salud física, con su facultades mentales intactas y listo para volver a su trabajo, estaba Zenón.
El Pulpo sonrió y yo me hundí en las oscuras aguas del sueño.
En mi primer curro (pasear perros) tenía que empezar con un perrito nuevo, Krugger, un Rottweiler simpatiquísimo. Lo había ido a conocer un par de días antes. Contrariamente a la fama de los de su raza, éste era una seda. Se enrrollaba en los pies de su dueño como un gatito. Se paró en dos patas (tenía exactamente mi altura) y me lamió la cara. Pude apreciar de cerca su cuello ensamblado con músculos gruesos y tensos como las cuerdas graves de un piano, sus colmillos delicados y todavía blancos. "Está a punto de cumplir tres, pero es como un cachorro todavía", confirmó el dueño. Hice la pregunta de rigor en estos casos, "¿Cree que puede ser agresivo la primera vez que venga?" "Para nada, en absoluto", respondió el hombre. "Acá están las llaves". Perfecto. No sé cómo será el asunto en los países donde estén leyendo esto, pero en Nueva York uno tiene las llaves de las casas y pasea a los perros mientras la gente está en su trabajo.
Así que dos días después ahí estoy yo, abriendo la puerta y llamando, "Krugger, Krugger", con mi voz de cordero. Debo agradecer a DIos, si es que está leyendo esto, el hecho de que yo tuviese mi mochila en la mano derecha y que la incomparable dentadura de Krugger atravesara sólo su tela y el CD player que llevaba adentro en lugar de mi húmero, mi cúbito o mi radio. Lo malo fue que la mochila cayó justo en el pequeño espacio abierto de la puerta, atascándola y haciéndome imposible recuperarla, sobre todo porque Krugger había puesto una garra sobre ella y me miraba mientras producía un sonido como el que nadie oyó desde que algún antepasado nuestro pasara los domingos dibujando búfalos en el techo de su caverna y apedreara a los leones que le arruinaban el césped.
Pero Krugger conocía su oficio. Seguramente pensaba en una ración extra de carne molida a la noche. Cada intruso aniquilado es un ascenso... Era un perro con ambiciones, no un advenedizo. Con un empujón que no pude contener abrió la puerta un poco más y sacó su cabeza al pasillo... después una pata... todo esto sin dejar de gruñir... Yo creo que a Teseo el asunto ese del Minotauro le fue más fácil... Yo no tengo a nadie que venga a embellecer mis acciones... Homero... Ovidio... todos farsantes. Esto que les cuento ocurrió tal cual.
Corrí escaleras arriba. Era mi única opción. Krugger había tomado posesión del pasillo. Logísticamente hablando no era ningún tonto tampoco. Seguramente había tenido entrenamiento militar. Quiero decir que, como era el primer piso y no había ascensor, técnicamente tenía el edificio bajo control. Nadie podía entrar ni salir sin pasar por su dominio.
Las siguientes cinco horas fueron lentas y dramáticas, pero pueden resumirse así: una chica que bajaba me encontró arrinconado en un recodo de la escalera. Le expliqué lo mejor que pude que no era ni vendedor ni consumidor de drogas y que la situación abajo era grave. Se entiende que yo no podía llamar por teléfono al dueño del perro porque mi agenda estaba en poder del mismo. Pensé en la cinta de Moebius. Me desvanecí. La chica me dejó pasar a su departamento, que compartía con otras tres. Eran todas pakistaníes. "Hay un león suelto ahí abajo", informó. (Supongo que entendió "wild lion" cuando le dije "rottweiler"). Prepararon té y nos sentamos a esperar, turnándonos para vigilar el pasillo, para alertar en caso de que alguien quisiera pasar. Debo decir que tomaron la noticia con bastante calma, salvo una a la que se le estaba haciendo tarde. Trabajaba en esa librería del Village, "Non-Imperialist, Non-Opressive Books"... Justo en esa...
Mientras con el resto hablaba del mundial de hockey y de Ali G, podía ver cómo la cara le iba cambiando de color... rojo... verde... negro. Abajo Krugger ululaba como un endemoniado y parecía haber descubierto dónde se guardaban las escobas y los líquidos para limpiar el piso. Me pregunté si sabría armar explosivos...
A la cuarta o quinta taza de té la chica no pudo resistirse más. "¡Esto es un típico producto de la sociedad machista!", explotó. "¿A quién se le ocurre tener un animal como ese si no es a un hombre?" Era cierto, el dueño era un rubio de esos que se miran al espejo mientras levantan pesas y juegan fútbol americano en la universidad. "¡Y hacía falta otro para dejarlo suelto!" Esto ya se dirigía a mí, me pareció. Me puse en guardia. La chica siguió gritando, "¡Habría que prenderle fuego!¡Habría que cortarle las bolas!"
Yo sé que hablaba del perro, pero cuando manoteó el cuchillo me levanté de un salto y abrí la puerta. Las amigas intentaban controlarla, pero la chica rebotaba contra el techo... ¡Era una bomba de tiempo! ¡Peor! ¡Un arma de destrucción masiva! ¡Un piso más abajo Krugger se reía! ¡Yo lo oí! ¡Me estaba esperando! Me resigné a mi destino y empecé a bajar...
En ese momento sonó la voz del dueño y hubo un silencio y el perro se metió en su casa y mientras yo explicaba todo lo que había pasado y el hombre me decía que no podía ser, que yo le había hecho algo al perro, Krugger se sentaba, se hacía el muertito y daba la pata. Le devolví las llaves. Ya no importaba. Lo dejé en manos de la vecina de arriba, que bajaba tronando como una Valkiria. Pero de esa historia ya no sé nada...
Más tarde, en mi segundo trabajo (en la cocina de un restaurante) también hubo dificultades, cuando una comitiva de empresarios japoneses (de la cual esperábamos una honorable propina) devolvió los platos intactos y se retiró, quejándose de que el pescado no estaba lo suficientemente crudo.
*************
Cuando finalmente llegué a su casa (viernes, 3 am) el Pulpo me recibió a oscuras y me dijo (su voz temblaba con excitación), "Ya está, lo tengo".
"¿Qué cosa?¿Zenón...?"
"No, no: tu blog. Ya está".
"Bueno, me alegro, Pulpo, pero tuve un día larguísimo...", yo ya olisqueaba la cama, se entiende.
"Es la fórmula perfecta...", insistió el Pulpo. Me había agarrado un brazo y no me largaba. Tuve que escucharlo. "Time, Gente, The Paris Review, el Güáshinton Post, la BBC, Gallimard, National Geographics, Penthouse, The Wall Street Journal... todo junto, pero más mejor".
"Genial", le dije. "Pero yo ya tengo mis propias ideas, ¿'tamos?" Me soltó. Busqué la cama a tientas. La ecuación era simple: Dormir = Felicidad.
La voz del Pulpo cruzó la habitación y hundió su pico en mi oído:
"Porque supongo que no te vas a poner a escribir sobre qué dura es tu vida, y las cosas tan interesantes que te pasan con tus perritos, sus pulgas y los clientes tan aristocráticos y fungosos de tu restaurante, ¿no?"
Debo reconocer que en ese momento... no sé, como que me desperté un poco.
"Obviamente no, Pulpo. ¿Cómo se te ocurre tamaña cantidad de aburrimiento?" Insistí con mi línea de defensa: "Entonces ¿Me puedo ir a dormir? Gracias".
"Nóu wéy, man. Me ayudás a buscar al Zenón. Así vuelve la electricitud y me conecto a la web".
El Pulpo suelto en la web. Un peligro, pensé. Seguro que empieza el blog sin mí y pone cualquier cosa.
Durante cuarenta minutos sacudí los mismos tres almohadones, rezando para que el hamster no apareciera. Al final, hasta el Pulpo se dio por vencido. "Me tendría que comprar uno de esos chanchos fluorescentes", dijo. "Para emergencias como esta... Uno o dos, mejor... Son románticos... No hay nada como cenar a la luz de un cerdo... De última lo hacemos jamón... ¿Será esa la famosa luz interior...?".
No contesté. Un alivio que Zenón no apareciese. "Ahora todo el mundo se va a apolillar y listo...", pensé. "Mañana veo cómo le impido al Pulpo que se apodere de mi blog y de mi vida. Ahora, a dormir..."
Abrí la puerta de la heladera para llenerme un vaso con agua y ahí, regalándose un festín de roquefort y mortadela, en perfecto estado de salud física, con su facultades mentales intactas y listo para volver a su trabajo, estaba Zenón.
El Pulpo sonrió y yo me hundí en las oscuras aguas del sueño.
14 septiembre, 2006
Cap. 6: ACLARACIÓN
Quería aclarar que, en el capítulo anterior, sólo la primera y última parte del texto son fruto de mi esfuerzo, y que todo lo que se encuentra dentro de ese largo y penoso paréntesis —ese mundo paralelo tolerado por nuestra gramática— es una interpolación Made in Pulpo. Mi papá jamás usó método alguno de castigo físico para enseñarme algo. De hecho, nunca me enseñó nada. Al menos eso creí durante mucho tiempo, y ahora que lo pongo así, por escrito... no sé...
Era empleado en la Municipalidad, en la sección de registros (donde se archivan planos de edificios y demás construcciones). No le conocí otro oficio. Había emigrado de chico a Buenos Aires, con su familia, en la crecida del fascismo. Pero esa es una historia más grande y ahora no interesa, porque lo que me vino a la mente en este instante es otra cosa.
Parece ridículo —porque yo siempre supe cuál era su rutina— pero hasta este momento nunca me había puesto a pensar —quiero decir, pensar hasta sentir su habitación formándose alrededor de la cama, el día metiéndose por una grieta en la madera veteada de la persiana; hasta ver las agujas del reloj clavadas a las cinco y cincuenta y nueve, y estirar la mano todavía pesada de sueño, quizás pincharse un poco con la perilla gastada, y torcerla para que no suene la alarma, un minuto antes de que el mecanismo cumpliera su parte, para no despertar al hijo en la otra habitación (tiene que haber sido así porque jamás escuché sonar su reloj), o a la mujer que duerme tranquila a su lado, tras un puñado de insomnio compartido; besarla y notar (como al pasar, sin detenerse en el hecho) las marcas que el tiempo fue dejando en el rostro y saber que son las mismas que dejó en el suyo (pero sólo cuando uno las nombra se hacen visibles, si no cada uno tiene el mismo rostro desde el día del nacimiento, desde antes); prepararse una taza de café mientras la casa sigue en silencio y el mundo se reajusta lentamente —el paisaje de siempre vuelve a estar en la ventana: la calle estirada como un río; los rieles del tranvía, cubiertos a medias por el asfalto, prácticamente invisibles, salvo a esta hora en la que brillan al sol; el árbol que, según el momento del año, será oscuro y frondoso, con la copa inquieta como un toro, o de un gris desterrado, casi transparente—, todo cae en su lugar, todo entra en peso, con una eficiencia delicada, para que cuando uno mire las cosas ya estén ahí o hayan estado ahí desde siempre; después el viaje en colectivo, la breve caminata a la oficina y el comienzo oficial de la rutina— y yo nunca me había puesto a pensar en eso. Todos esos años, toda esa parte de su vida (no sólo sus gestos, su deambular en el mundo físico, sino los pequeños desvíos del pensamiento, los asombros que cruzan la mente sin dejar rastro) no tiene testigos, le pertenece solamente a él, sólo me es posible imaginarlo.
El resto del día se le iba en archivar papeles y escribir a máquina. Esto último lo hacía tan lentamente que parecía una tarea dolorosa, como si cada tecla le arrancara un pedazo de piel de los dedos y no se decidiera a tocarlas del todo. A la larga (como le ocurre a cualquiera al cabo de los años) lo ascendieron a supervisor y alguna secretaria o secretario mecanografiaba por él (recuerdo haber visitado una vez su oficina nueva —separada de la antigua por una especie de biombo de papel translúcido — y ser ofrendado a una mujer redonda y roja que, durante toda la tarde, me contó de los campos de sus abuelos, de las cosas que hacía cuando tenía mi edad —siete años—, de cierta vaquita que era suya, llamada Teodora, y de cómo una mañana al llegar a su corral lo encontró vacío, salvo por una nota enganchada al alambre —y todavía preservada en su billetera— que decía: "Querida dueña. Gracias por cuidarme todo este tiempo. Como usted sabe, he crecido y ahora me he propuesto viajar y conocer el mundo. Usted comprenderá. La aprecia: Teodora. Posdata: Ya le contaré algún día qué bien sirven las mesas en los restaurantes de Europa." Ni ella ni yo apreciamos este toque de humor negro. En realidad, yo no lo entendí. Ella intentó explicármelo y se puso a llorar, me echó vagamente la culpa de su malestar, abandonó la oficina antes de tiempo, y papá tuvo que sentarse a terminar sus papeles inconclusos. Esto alargó un día ya lo suficientemente largo de por sí. Releí la historieta que me habían comprado esa mañana —una gruesa adaptación del Barón de Munchhausen, con ilustraciones en blanco, negro y rojo brillante— pero fue un refugio endeble contra la consistencia fría y milimétrica del aburrimiento. El resto de las horas fue invadido por el ruido de la máquina y los disparos de sus teclas, cuyo último destino era aquel cuerpo encorvado y alto, ya escaso de pelo, que a veces se daba vuelta para sonreirme.Nunca más quise acompañarlo al trabajo.) Ahí vamos con los paréntesis de nuevo.
El hecho es que un día (no en una fecha especial, sino un día cualquiera) papá llegó de la oficina, abrió su maletín, sacó un papel, me lo pasó y dijo: "Tuyo". Era una hoja mecanografiada por él ("de puño y letra, en su caso", como dijo el Pulpo, en una de sus raras iluminaciones). Intenté descifrarla pero estaba en otro idioma y yo apenas mordisqueaba el castellano. Le pregunté qué decía. No quiso darle mucha importancia. Me dijo que no me preocupara por ahora, que la guardara bien, y, como había traido otras cosas de regalo —cosas debidamente manufacturadas con las que uno podía jugar—, el asunto quedó olvidado. Ignoro el recorrido de la hoja todos estos años. Algún día habría que escribir —a la manera en la que un general derrotado traza los movimientos invisibles que su enemigo hizo en el terreno— la historia de los objetos que transcurre paralela a la nuestra, los puntos de encuentro con cada uno de ellos, sus largos recorridos de ausencia, su significado delicadamente variable cada vez, su influencia secreta o evidente en nuestro ánimo.
Yo, como la mayoría de la gente educada de hoy, ignoro el latín. Probablemente a papá le quedaba un resabio de su primaria europea. Lo cierto es que un tiempo atrás la hoja volvió a aparecer —resucitada de un cuaderno viejo que traje entre mis cosas a Nueva York— y me propuse encontrar un traductor; por lo que, luego de ciertas averiguaciones en las aulas de letras clásicas, terminé una noche, no lejos de Union Square, cruzando los pasillos de un edificio borrascoso, mal iluminado e infestado de estudiantes con pines de Columbia y NYU, hasta alcazar una habitación negra, sembrada de estatuas de Buda, muñecas de seis brazos, velas e inciensos, donde una fiesta continua estaba en marcha, y en la cual una chica de ojos amarillos y pelo violeta (o al revés) tradujo el poema del latín al inglés, bajo el estruendo sofocante de los parlantes, por quince dólares y consultando sólo una vez un diccionario electrónico que brillaba en la oscuridad con un resplandor verdinoso, como una carga de kriptonita. Más tarde, en la seguridad de mi hogar, leí finalmente la hoja mecanografiada, que de repente había cobrado el aura de un descubrimiento arqueológico.
Estoy tentado de no transcribir la dichosa paginita, de dejarlo todo ahí, medio misterioso. Corre el riesgo de parecer poca cosa. De hecho, en cierta forma, lo es. Pero, en fin...
Es uno de los pocos poemas que sobreviven de Petronio (el del Satiricón). ¿Por qué este poema y no otro? No tengo idea. Es el que empieza "Parvula securo tegitur mihi culmine sedes / uvaque plena mero fecunda pendet ab ulmo..." (para quien quiera buscarlo) y ésta es la traducción de una traducción; o sea la malversación de una malversación:
*
La casa pequeña y el techo silencioso del árbol, la sombra
Del olmo, las uvas en las viñas y las cerezas madurando;
Las manzanas rojas en el huerto, el árbol de Palas
Brotando aceitunas y la tierra bien regada.
Y campos de col y de malva, pesada y reptante,
Y amapolas que seguramente me traerán el sueño.
Y si voy en busca de pájaros o del tímido ciervo
o a pescar truchas con mi caña, esa es toda la astucia
que mis pobres campos conocen.
Así que andate ahora: andá y vendé tu vida, tu vida leve
y el tiempo que huye, a cambio de suntuosas fiestas.
Si a mí también me espera el final, yo sólo pido
que me encuentre acá, y que acá me pida
Las cuentas de los días, de las horas consumidas.
*
De hecho, ahora que crecí un poco, y que pasó el tiempo, y que empiezo a ver más claramente el arco que toda vida traza (de vuelta: Munchhausen montado en una bala de cañón, cruzando el cielo) entiendo el plan sutil que papá ideó: la hoja que él me dió está hecha de tiempo. 4.115 gramos es lo que pesan estos tres momentos (más adelante entrará alguno más): 1. el de mi niñez, cuando la hoja llegó a mis manos. 2. éste, en el que finalmente la leo. 3. aquel instante futuro al que se refiere el poema.
Les dije que era poca cosa. Hay otras —porque en realidad no era esto lo que quería contar cuando empecé— pero hoy las cosas me eluden un poco... (Pasa que leyendo lo de la vez pasada me acordé de mis viejos... Me daban ganas de preguntarles si fueron felices—"Una de las preguntas más imbéciles que se hayan inventado", arremetió el Pulpo cierta vez. "Por eso llevo un puñado de tierrita en el bolsillo: para soplársela en la cara al primero que pregunte. Soplársela y decirle que sí, por supuesto".)
Pero estábamos hablando del día en que fui a ver al Pulpo y en el que este blog finalmente vió la luz.
(continuará...)
(lo prometo, como dijo Judas...)
Era empleado en la Municipalidad, en la sección de registros (donde se archivan planos de edificios y demás construcciones). No le conocí otro oficio. Había emigrado de chico a Buenos Aires, con su familia, en la crecida del fascismo. Pero esa es una historia más grande y ahora no interesa, porque lo que me vino a la mente en este instante es otra cosa.
Parece ridículo —porque yo siempre supe cuál era su rutina— pero hasta este momento nunca me había puesto a pensar —quiero decir, pensar hasta sentir su habitación formándose alrededor de la cama, el día metiéndose por una grieta en la madera veteada de la persiana; hasta ver las agujas del reloj clavadas a las cinco y cincuenta y nueve, y estirar la mano todavía pesada de sueño, quizás pincharse un poco con la perilla gastada, y torcerla para que no suene la alarma, un minuto antes de que el mecanismo cumpliera su parte, para no despertar al hijo en la otra habitación (tiene que haber sido así porque jamás escuché sonar su reloj), o a la mujer que duerme tranquila a su lado, tras un puñado de insomnio compartido; besarla y notar (como al pasar, sin detenerse en el hecho) las marcas que el tiempo fue dejando en el rostro y saber que son las mismas que dejó en el suyo (pero sólo cuando uno las nombra se hacen visibles, si no cada uno tiene el mismo rostro desde el día del nacimiento, desde antes); prepararse una taza de café mientras la casa sigue en silencio y el mundo se reajusta lentamente —el paisaje de siempre vuelve a estar en la ventana: la calle estirada como un río; los rieles del tranvía, cubiertos a medias por el asfalto, prácticamente invisibles, salvo a esta hora en la que brillan al sol; el árbol que, según el momento del año, será oscuro y frondoso, con la copa inquieta como un toro, o de un gris desterrado, casi transparente—, todo cae en su lugar, todo entra en peso, con una eficiencia delicada, para que cuando uno mire las cosas ya estén ahí o hayan estado ahí desde siempre; después el viaje en colectivo, la breve caminata a la oficina y el comienzo oficial de la rutina— y yo nunca me había puesto a pensar en eso. Todos esos años, toda esa parte de su vida (no sólo sus gestos, su deambular en el mundo físico, sino los pequeños desvíos del pensamiento, los asombros que cruzan la mente sin dejar rastro) no tiene testigos, le pertenece solamente a él, sólo me es posible imaginarlo.
El resto del día se le iba en archivar papeles y escribir a máquina. Esto último lo hacía tan lentamente que parecía una tarea dolorosa, como si cada tecla le arrancara un pedazo de piel de los dedos y no se decidiera a tocarlas del todo. A la larga (como le ocurre a cualquiera al cabo de los años) lo ascendieron a supervisor y alguna secretaria o secretario mecanografiaba por él (recuerdo haber visitado una vez su oficina nueva —separada de la antigua por una especie de biombo de papel translúcido — y ser ofrendado a una mujer redonda y roja que, durante toda la tarde, me contó de los campos de sus abuelos, de las cosas que hacía cuando tenía mi edad —siete años—, de cierta vaquita que era suya, llamada Teodora, y de cómo una mañana al llegar a su corral lo encontró vacío, salvo por una nota enganchada al alambre —y todavía preservada en su billetera— que decía: "Querida dueña. Gracias por cuidarme todo este tiempo. Como usted sabe, he crecido y ahora me he propuesto viajar y conocer el mundo. Usted comprenderá. La aprecia: Teodora. Posdata: Ya le contaré algún día qué bien sirven las mesas en los restaurantes de Europa." Ni ella ni yo apreciamos este toque de humor negro. En realidad, yo no lo entendí. Ella intentó explicármelo y se puso a llorar, me echó vagamente la culpa de su malestar, abandonó la oficina antes de tiempo, y papá tuvo que sentarse a terminar sus papeles inconclusos. Esto alargó un día ya lo suficientemente largo de por sí. Releí la historieta que me habían comprado esa mañana —una gruesa adaptación del Barón de Munchhausen, con ilustraciones en blanco, negro y rojo brillante— pero fue un refugio endeble contra la consistencia fría y milimétrica del aburrimiento. El resto de las horas fue invadido por el ruido de la máquina y los disparos de sus teclas, cuyo último destino era aquel cuerpo encorvado y alto, ya escaso de pelo, que a veces se daba vuelta para sonreirme.Nunca más quise acompañarlo al trabajo.) Ahí vamos con los paréntesis de nuevo.
El hecho es que un día (no en una fecha especial, sino un día cualquiera) papá llegó de la oficina, abrió su maletín, sacó un papel, me lo pasó y dijo: "Tuyo". Era una hoja mecanografiada por él ("de puño y letra, en su caso", como dijo el Pulpo, en una de sus raras iluminaciones). Intenté descifrarla pero estaba en otro idioma y yo apenas mordisqueaba el castellano. Le pregunté qué decía. No quiso darle mucha importancia. Me dijo que no me preocupara por ahora, que la guardara bien, y, como había traido otras cosas de regalo —cosas debidamente manufacturadas con las que uno podía jugar—, el asunto quedó olvidado. Ignoro el recorrido de la hoja todos estos años. Algún día habría que escribir —a la manera en la que un general derrotado traza los movimientos invisibles que su enemigo hizo en el terreno— la historia de los objetos que transcurre paralela a la nuestra, los puntos de encuentro con cada uno de ellos, sus largos recorridos de ausencia, su significado delicadamente variable cada vez, su influencia secreta o evidente en nuestro ánimo.
Yo, como la mayoría de la gente educada de hoy, ignoro el latín. Probablemente a papá le quedaba un resabio de su primaria europea. Lo cierto es que un tiempo atrás la hoja volvió a aparecer —resucitada de un cuaderno viejo que traje entre mis cosas a Nueva York— y me propuse encontrar un traductor; por lo que, luego de ciertas averiguaciones en las aulas de letras clásicas, terminé una noche, no lejos de Union Square, cruzando los pasillos de un edificio borrascoso, mal iluminado e infestado de estudiantes con pines de Columbia y NYU, hasta alcazar una habitación negra, sembrada de estatuas de Buda, muñecas de seis brazos, velas e inciensos, donde una fiesta continua estaba en marcha, y en la cual una chica de ojos amarillos y pelo violeta (o al revés) tradujo el poema del latín al inglés, bajo el estruendo sofocante de los parlantes, por quince dólares y consultando sólo una vez un diccionario electrónico que brillaba en la oscuridad con un resplandor verdinoso, como una carga de kriptonita. Más tarde, en la seguridad de mi hogar, leí finalmente la hoja mecanografiada, que de repente había cobrado el aura de un descubrimiento arqueológico.
Estoy tentado de no transcribir la dichosa paginita, de dejarlo todo ahí, medio misterioso. Corre el riesgo de parecer poca cosa. De hecho, en cierta forma, lo es. Pero, en fin...
Es uno de los pocos poemas que sobreviven de Petronio (el del Satiricón). ¿Por qué este poema y no otro? No tengo idea. Es el que empieza "Parvula securo tegitur mihi culmine sedes / uvaque plena mero fecunda pendet ab ulmo..." (para quien quiera buscarlo) y ésta es la traducción de una traducción; o sea la malversación de una malversación:
*
La casa pequeña y el techo silencioso del árbol, la sombra
Del olmo, las uvas en las viñas y las cerezas madurando;
Las manzanas rojas en el huerto, el árbol de Palas
Brotando aceitunas y la tierra bien regada.
Y campos de col y de malva, pesada y reptante,
Y amapolas que seguramente me traerán el sueño.
Y si voy en busca de pájaros o del tímido ciervo
o a pescar truchas con mi caña, esa es toda la astucia
que mis pobres campos conocen.
Así que andate ahora: andá y vendé tu vida, tu vida leve
y el tiempo que huye, a cambio de suntuosas fiestas.
Si a mí también me espera el final, yo sólo pido
que me encuentre acá, y que acá me pida
Las cuentas de los días, de las horas consumidas.
*
De hecho, ahora que crecí un poco, y que pasó el tiempo, y que empiezo a ver más claramente el arco que toda vida traza (de vuelta: Munchhausen montado en una bala de cañón, cruzando el cielo) entiendo el plan sutil que papá ideó: la hoja que él me dió está hecha de tiempo. 4.115 gramos es lo que pesan estos tres momentos (más adelante entrará alguno más): 1. el de mi niñez, cuando la hoja llegó a mis manos. 2. éste, en el que finalmente la leo. 3. aquel instante futuro al que se refiere el poema.
Les dije que era poca cosa. Hay otras —porque en realidad no era esto lo que quería contar cuando empecé— pero hoy las cosas me eluden un poco... (Pasa que leyendo lo de la vez pasada me acordé de mis viejos... Me daban ganas de preguntarles si fueron felices—"Una de las preguntas más imbéciles que se hayan inventado", arremetió el Pulpo cierta vez. "Por eso llevo un puñado de tierrita en el bolsillo: para soplársela en la cara al primero que pregunte. Soplársela y decirle que sí, por supuesto".)
Pero estábamos hablando del día en que fui a ver al Pulpo y en el que este blog finalmente vió la luz.
(continuará...)
(lo prometo, como dijo Judas...)
20 junio, 2006
Cap. 5: CARÁMBANOS
Esta vez decidí no acudir al Pulpo, al Pulpo displicente y maniático, y resolver las cosas a mi modo. Saqué mi libreta. Reflexioné. Anoté: "Aquí comienza la Vida Nueva". Me detuve. Lindo. Original. Pero no lo suficientemente preciso. Taché. Escribí: "Planificamiento/ación de Estrategias y/o del Resto de Mi Vida/Existencia/Sonambulismo." Taché. Escribí: "Itemización de prioridades vitales." Releí. Nada mal, nada mal. Taché. Escribí: "Lista". Mejor. Y después:
Punto 1: Averiguar quiénes son los visitantes de anoche. [Ver capítulo anterior]
Punto 2: ...
No pude pensar en nada más.
Pasos a seguir:
1ero: Hacer un blog para despistarlos, para ganar tiempo.
2ndo: No hablar con el Pulpo. Bajo ningún concepto. No confiable. Jamás.
En ese momento sonó el teléfono. Atendí:
"Estoy desesperado "—(la voz del Pulpo)—"Al borde del colapso, del abismo mismo..."
Su tono derrotado me ablandó. Un amigo... en apuros... ya se sabe... y yo no pude más que...
"Bueno, calma, respirá hondo", le dije. "Llamo a los médicos... Voy para allá... No hagas una locura... ¿Tan mal estás?"
"No. Mentira. Pero quiero mirar la tele y Zenón no aparece..."
(Zenón es el hamster del Pulpo, de quien depende la electricidad de la casa. Es decir, el hamster corre en una rueda tratando de alcanzar la semilla de girasol, y este movimiento, por medio de dispositivos y cableados minuciosos, suministra la preciosa energía que ilumina los quehaceres y desquehaceres del Pulpo. Mejor sería dejar todo a oscuras, dirán, pero es su vida, e igualmente ya expliqué todo esto en el capítulo tercero, que todo el mundo debería consultar. Ahora, yo no quiero digredir, porque a mí me enseñaron que la digresión es cosa fea, pero me gustaría decir..., un momento..., me gustaría decir que no puedo estar permanentemente explicando cosas que ya expliqué en capítulos anteriores, porque si yo tuviese que interrumpir a cada rato el hilo de la historia sería una cosa de nunca acabar, y a pesar de que yo entiendo que la gente lee blogs como y por donde se le antoja, sería mejor y muy apreciado que todos los lectores que nos van a estar siguiendo, digamos, de acá a tres años —unos 300.000 aproximadamente, según el Pulpo — se pusiesen de acuerdo y empezaran a leer desde ahora, así ya no harán falta más notas, ni referencias a capítulos ni actos anteriores, y todos podremos enfocar nuestra atención exclusivamente en los hechos narrados y su decurso, como corresponde, y no andar interrumpiendo, ni digrediendo, o digresionando, que es una cosa espantosa, antiética y espuria, costumbre de malos escritores y, según mi agente literario, para nada comercial, porque dispersa la atención del lector, él sabrá, por algo vive de eso, aunque también dice que el sistema editorial no da para más, y que el auto que se compró al final es una porquería y que mejor sería tener un dromedario, que no consume nafta y come cualquier cosa que logra arrebatarle a los niñitos, pero sobre todo que hay que evitar la digresión como se evitan las deudas, el cólera y las ex-parejas, porque si no se va todo al muere, al mismísimo demonio, por lo que nunca, nunca, nunca hay que digredir—yo recuerdo una mañana de invierno, en mi tierna edad —era sábado, hacía frío, desde la ventana podía ver los carámbanos cristalizados en las canaletas y los techos de las casas vecinas, destilando la luz hacia el vidrio helado y haciéndola brillar en círculos contra el azul silencioso del cielo, los carámbanos dije, esos pedacitos de hielo puntiagudo, colgados de ramas, tejas y barandas como pequeños murciélagos transparentes, y que, al producirse ciertas variaciones ascendentes en la temperatura atmosférica, empiezan a derretirse y generalmente le dejan caer a uno una gota justo en la nuca, enfriándole los pensamientos y dándonos un justificativo para detestar el mundo —como si faltaran— podría proveerles una lista de justificativos, yo, más larga que la guía telefónica — y no sólo los carámbanos, ¡Los Polos!, así como lo oyen, me dicen que los Polos también se están derritiendo ¡No es un invento! — y ese sería el menor de los problemas — podría explicarles perfectamente por qué es el menor de los problemas, no son argumentos los que me faltan, no, no, no, pero no quiero irme por las ramas, cada cosa en su momento — porque aquel día de invierno, en los años tiernos de mi infancia — la infancia termina a eso de los 11, 12 años... 13 para algunos... 14 en mi caso — aquel día de invierno ningún temor por el derretimiento de los carámbanos podía turbarme, y estaba disfrutando de la claridad adormecida que entraba por la ventana, y de la congregación de mantas sobre mi cuerpo, cuando entró mi padre, sosteniendo en sus manos afiladas uno de mis cuadernos del colegio.
"¿Qué significa esto?", preguntó.
Yo levanté los hombros en señal universal de incomprensión. ¡Paf! En la cabeza, con el revés del cuaderno.
"Repito...", dice manteniendo su tono tranquilo y correcto.
(Debo aclarar que para mi padre el castigo físico no era un castigo en sí, sino un método de enseñanza, y que aplastarme los dedos en la puerta, o colgarme de los pies en pinos estrictos y pinchudos, eran artificios que aplicaba sin ninguna especie de resentimiento personal y con una calma y un razonamiento ejemplares. Quería resaltar eso. Le debo mucho a mi padre.)
"¿Qué significa esto?", insiste.
"No sé", digo. ¡Paf! El cuaderno era rojo, cuadriculado y de tapas duras, forradas con ilustraciones de la guerra de la Triple Alianza. (Siempre hay alguien que necesita detalles).
"¿Qué significa esto?", repite, con su voz calma y amable.
"Nada", contesto. ¡Paf! Anillos de metal tenía, también, el cuaderno.
"Esto..." Fíjense cómo mi padre abrevia lúcidamente la pregunta, porque ya adivina que yo empiezo a entender de qué se trata la cosa. Gran jugador de ajedrez, mi padre.
¡Paf! Esa fue porque tardé en contestar. Era un cuaderno precioso... Si lo hubiesen visto...
"3 en Matemática..., 2 en Dibujo...", enumeró.
Empecé a excusarme, a explicar que la maestra de Matemática no me quería, que la de Dibujo era una vieja feísima, la de Literatura una comunista —era otra época, se entiende, me agarraba a cualquier posibilidad—, el de historia un cocalero, y que... Mi padre me detuvo.
"No digreda", dijo, levantando un dedo.
"Pero... yo...".
"Es muy feo digredir. Cosa de ateos. A ver, conjúgueme el verbo 'digredir'".
"Yo... dig... gredo... Tú digredes... El digrede...", (fui tomando impulso), "Nosotros digredimos... Ustedes digresian... digreden... Ellos digreden..." Bastante bien, creo.
"Y en la Península Ibérica...", insistió mi padre, fiel a su ideal pedagógico. "¿Cómo dirían en la Península Ibérica?"
Yo no sabía qué era una península. Mucho menos una ibérica... Mi padre mostró clemencia. Me ayudó un poco:
"Vosotros... di-gre...
"¿-déis?..."
"-di-is... ¿Está claro? Entoces, ¿qué hemos aprendido hoy?"
No me animé a contestar.
"Que digredir", sentenció mi padre, "es una falta de respeto".
Y para que no olvidara la lección, me pinchó la pierna con un alfiler. Desde entonces aprendí a no digredir.)
"Zenón no aparece...", dice el Pulpo [Zenón es el hamster del Pulpo, no sé si lo dije]. "Puse lechuguitas por todos lados... y nada... ¿No se da cuenta, el ingrato, de cuánto lo quiero? Lo llamo... ¡Zenón! ¡Zenón!... y no contesta... Voy a probar con veneno. ¿Debería probar con veneno?"
"No hagas nada. Quedate en paz", le dije. "Voy a tu casa y te ayudo a buscarlo. ¿Está bien?".
"No... no hace falta... dejá... para qué... todo es en vano... ¿A qué hora venís?"
"En cuanto pueda, Pulpini. No sé, en un rato."
"¿Antes no podés?"
"Es que tengo que trabajar, Pulpo. Yo trabajo ¿sabés? Así que me voy a hacer una escapada, en algún momento, sólo para darte una mano. ¿Está bien? ¿Es suficiente? ¿Pulpo? ¿Estás ahí?"
Sólo el tono vacío del teléfono. Parecía que había estado hablando solo.
Me calzé los botines, agarré mi mochila, y salí hacia el amplio día inabarcable. ¿Qué destino sorpresivo, qué nuevas aventuras me traería?...
Para empezar, ni bien cerré la puerta descubrí que me había dejado las llaves adentro de casa. De pronto adiviné que la jornada sería larga... y el retorno más largo aun, largo y penoso...
(continuará...)
Punto 1: Averiguar quiénes son los visitantes de anoche. [Ver capítulo anterior]
Punto 2: ...
No pude pensar en nada más.
Pasos a seguir:
1ero: Hacer un blog para despistarlos, para ganar tiempo.
2ndo: No hablar con el Pulpo. Bajo ningún concepto. No confiable. Jamás.
En ese momento sonó el teléfono. Atendí:
"Estoy desesperado "—(la voz del Pulpo)—"Al borde del colapso, del abismo mismo..."
Su tono derrotado me ablandó. Un amigo... en apuros... ya se sabe... y yo no pude más que...
"Bueno, calma, respirá hondo", le dije. "Llamo a los médicos... Voy para allá... No hagas una locura... ¿Tan mal estás?"
"No. Mentira. Pero quiero mirar la tele y Zenón no aparece..."
(Zenón es el hamster del Pulpo, de quien depende la electricidad de la casa. Es decir, el hamster corre en una rueda tratando de alcanzar la semilla de girasol, y este movimiento, por medio de dispositivos y cableados minuciosos, suministra la preciosa energía que ilumina los quehaceres y desquehaceres del Pulpo. Mejor sería dejar todo a oscuras, dirán, pero es su vida, e igualmente ya expliqué todo esto en el capítulo tercero, que todo el mundo debería consultar. Ahora, yo no quiero digredir, porque a mí me enseñaron que la digresión es cosa fea, pero me gustaría decir..., un momento..., me gustaría decir que no puedo estar permanentemente explicando cosas que ya expliqué en capítulos anteriores, porque si yo tuviese que interrumpir a cada rato el hilo de la historia sería una cosa de nunca acabar, y a pesar de que yo entiendo que la gente lee blogs como y por donde se le antoja, sería mejor y muy apreciado que todos los lectores que nos van a estar siguiendo, digamos, de acá a tres años —unos 300.000 aproximadamente, según el Pulpo — se pusiesen de acuerdo y empezaran a leer desde ahora, así ya no harán falta más notas, ni referencias a capítulos ni actos anteriores, y todos podremos enfocar nuestra atención exclusivamente en los hechos narrados y su decurso, como corresponde, y no andar interrumpiendo, ni digrediendo, o digresionando, que es una cosa espantosa, antiética y espuria, costumbre de malos escritores y, según mi agente literario, para nada comercial, porque dispersa la atención del lector, él sabrá, por algo vive de eso, aunque también dice que el sistema editorial no da para más, y que el auto que se compró al final es una porquería y que mejor sería tener un dromedario, que no consume nafta y come cualquier cosa que logra arrebatarle a los niñitos, pero sobre todo que hay que evitar la digresión como se evitan las deudas, el cólera y las ex-parejas, porque si no se va todo al muere, al mismísimo demonio, por lo que nunca, nunca, nunca hay que digredir—yo recuerdo una mañana de invierno, en mi tierna edad —era sábado, hacía frío, desde la ventana podía ver los carámbanos cristalizados en las canaletas y los techos de las casas vecinas, destilando la luz hacia el vidrio helado y haciéndola brillar en círculos contra el azul silencioso del cielo, los carámbanos dije, esos pedacitos de hielo puntiagudo, colgados de ramas, tejas y barandas como pequeños murciélagos transparentes, y que, al producirse ciertas variaciones ascendentes en la temperatura atmosférica, empiezan a derretirse y generalmente le dejan caer a uno una gota justo en la nuca, enfriándole los pensamientos y dándonos un justificativo para detestar el mundo —como si faltaran— podría proveerles una lista de justificativos, yo, más larga que la guía telefónica — y no sólo los carámbanos, ¡Los Polos!, así como lo oyen, me dicen que los Polos también se están derritiendo ¡No es un invento! — y ese sería el menor de los problemas — podría explicarles perfectamente por qué es el menor de los problemas, no son argumentos los que me faltan, no, no, no, pero no quiero irme por las ramas, cada cosa en su momento — porque aquel día de invierno, en los años tiernos de mi infancia — la infancia termina a eso de los 11, 12 años... 13 para algunos... 14 en mi caso — aquel día de invierno ningún temor por el derretimiento de los carámbanos podía turbarme, y estaba disfrutando de la claridad adormecida que entraba por la ventana, y de la congregación de mantas sobre mi cuerpo, cuando entró mi padre, sosteniendo en sus manos afiladas uno de mis cuadernos del colegio.
"¿Qué significa esto?", preguntó.
Yo levanté los hombros en señal universal de incomprensión. ¡Paf! En la cabeza, con el revés del cuaderno.
"Repito...", dice manteniendo su tono tranquilo y correcto.
(Debo aclarar que para mi padre el castigo físico no era un castigo en sí, sino un método de enseñanza, y que aplastarme los dedos en la puerta, o colgarme de los pies en pinos estrictos y pinchudos, eran artificios que aplicaba sin ninguna especie de resentimiento personal y con una calma y un razonamiento ejemplares. Quería resaltar eso. Le debo mucho a mi padre.)
"¿Qué significa esto?", insiste.
"No sé", digo. ¡Paf! El cuaderno era rojo, cuadriculado y de tapas duras, forradas con ilustraciones de la guerra de la Triple Alianza. (Siempre hay alguien que necesita detalles).
"¿Qué significa esto?", repite, con su voz calma y amable.
"Nada", contesto. ¡Paf! Anillos de metal tenía, también, el cuaderno.
"Esto..." Fíjense cómo mi padre abrevia lúcidamente la pregunta, porque ya adivina que yo empiezo a entender de qué se trata la cosa. Gran jugador de ajedrez, mi padre.
¡Paf! Esa fue porque tardé en contestar. Era un cuaderno precioso... Si lo hubiesen visto...
"3 en Matemática..., 2 en Dibujo...", enumeró.
Empecé a excusarme, a explicar que la maestra de Matemática no me quería, que la de Dibujo era una vieja feísima, la de Literatura una comunista —era otra época, se entiende, me agarraba a cualquier posibilidad—, el de historia un cocalero, y que... Mi padre me detuvo.
"No digreda", dijo, levantando un dedo.
"Pero... yo...".
"Es muy feo digredir. Cosa de ateos. A ver, conjúgueme el verbo 'digredir'".
"Yo... dig... gredo... Tú digredes... El digrede...", (fui tomando impulso), "Nosotros digredimos... Ustedes digresian... digreden... Ellos digreden..." Bastante bien, creo.
"Y en la Península Ibérica...", insistió mi padre, fiel a su ideal pedagógico. "¿Cómo dirían en la Península Ibérica?"
Yo no sabía qué era una península. Mucho menos una ibérica... Mi padre mostró clemencia. Me ayudó un poco:
"Vosotros... di-gre...
"¿-déis?..."
"-di-is... ¿Está claro? Entoces, ¿qué hemos aprendido hoy?"
No me animé a contestar.
"Que digredir", sentenció mi padre, "es una falta de respeto".
Y para que no olvidara la lección, me pinchó la pierna con un alfiler. Desde entonces aprendí a no digredir.)
"Zenón no aparece...", dice el Pulpo [Zenón es el hamster del Pulpo, no sé si lo dije]. "Puse lechuguitas por todos lados... y nada... ¿No se da cuenta, el ingrato, de cuánto lo quiero? Lo llamo... ¡Zenón! ¡Zenón!... y no contesta... Voy a probar con veneno. ¿Debería probar con veneno?"
"No hagas nada. Quedate en paz", le dije. "Voy a tu casa y te ayudo a buscarlo. ¿Está bien?".
"No... no hace falta... dejá... para qué... todo es en vano... ¿A qué hora venís?"
"En cuanto pueda, Pulpini. No sé, en un rato."
"¿Antes no podés?"
"Es que tengo que trabajar, Pulpo. Yo trabajo ¿sabés? Así que me voy a hacer una escapada, en algún momento, sólo para darte una mano. ¿Está bien? ¿Es suficiente? ¿Pulpo? ¿Estás ahí?"
Sólo el tono vacío del teléfono. Parecía que había estado hablando solo.
Me calzé los botines, agarré mi mochila, y salí hacia el amplio día inabarcable. ¿Qué destino sorpresivo, qué nuevas aventuras me traería?...
Para empezar, ni bien cerré la puerta descubrí que me había dejado las llaves adentro de casa. De pronto adiviné que la jornada sería larga... y el retorno más largo aun, largo y penoso...
(continuará...)
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