Naturalmente el Pulpo censuró mi post anterior. Dice que prefiere el acercamiento científico a la realidad, y para demostrármelo, estuvo entrevistando a un grupo de escritores (reclutando sería más certero – a través de mentiras y promesas vanas) de distintos ámbitos para que contribuyan a este blog creciente. La cantidad de emails con currículums (me informa, no sin cierto orgullo mezquino) que llegaron en estos últimos meses, pidiendo la posibilidad de colaborar, han saturado las 111 casillas de gmail que el Pulpo le reservó al asunto.
Entre nuestros nuevos colaboradores, uno de los más prestigiosos es el Dr. Julian Branson (Antropólogo, Psicólogo y Profesor de la Universaidad de Miskatonic, Massachussets, USA). Luego de los incidentes en el suburbio madrileño de Alorcón, y formando un eje con la interminable controversia en el país donde Julian Branson enseña (EEUU), el tema de la inmigración es más relevante que nunca y requiere de una solución rápida y efectiva.
COMO RESOLVER EL PROBLEMA INMIGRATORIO, por el Dr. Julian Branson
El desarrollo tecnológico ha alcanzado un grado de delicada especialización que ensancha no sólo el horizonte para la resolución de problemas, sino nuestra misma comprensión de los mismos. Por esto mismo la primera opción —una opción tan humanitaria como útil, y muy a tono con el siglo 21, en el cual me informan que vivimos— sería entrenar brevemente a todos los inmigrantes ilegales en la NASA (después de todo, ya son categorizados como “aliens”) y mandarlos a la luna, donde podrían emplear sus habilidades en la construcción de ciudades y ecosistemas de diversa especie, aptos para el hombre. Cuando llegue el momento en el que el resto de nosotros nos mudemos ahí —y ese tiempo llegará, ha sido predecido científicamente— entonces los enviaríamos a Marte, luego a Venus, etc, etc.
La segunda opción es más democrática —“democracia”, ese extranjero, griegoso concepto; me pregunto si deberíamos suprimirlo…— De todas maneras: involucra la búsqueda de un verdadero y legítimo “autóctno”, un “no-inmigrante” que pueda decidir el asunto objetivamente. En un principio pensé que un consejo de Afro-Americanos sería la mejor opción, a causa de su cercano conocimiento de los dolores y agonías a las que las minorías son sujetas en nuestra sociedad. Pero uno de mis estudiantes —un rosáceo, afiebrado muchachito de Texas— señaló que “ellos” habían sido “importados” poco más de cien años atrás y por lo tanto no pueden ser considerados legítimos no-inmigrantes. La población de ascendencia europea (“los directos descendientes del Mayflower, si se encuentran”) es la que debería decidir. Queda claro.
Nos pusimos a confeccionar la lista de nombres que conformaría un jurado objetivo, que diera en el blanco en esta materia. Y hubiésemos completado la tarea en menos de una semana, si nuestro Departamento de Estudios Antropológicos no hubiese recibido una carta en la cual estaba razonablemente bien explicado que eran indígenas quienes habían habitado esta tierra largo tiempo (cito: “hace un pedazo de tiempo”) antes que peregrinos y conquistadores zarparan en sus cáscaras de nuez. Por lo tanto el juez más imparcial que podríamos pedirle a la Madre Historia sería un indio. Excelente. Partí hacia la reservación más cercana, donde fui cálidamente recibido. Adquirí artesanías, bailé y fumé ciertas hierbas de nombre impronunciable hasta caer inconciente en un tanque de maíz (ésta y otras experiencias están recopiladas en mi libro de próxima aparición, “Lo que me dio a fumar Don Juan”.
Sólo más tarde descubrí que los “nativos” de América se habían infiltrado a través del Estrecho de Bering (habría que vigilar esa frontera), desde el nordeste de Siberia hacia Alaska, unos 30.000 años atrás. Así que los primeros habitantes de América fueron rusos. Acto seguido, consulté a un grupo de expertos que me reveló los movimientos y migraciones que tomaron lugar en los milenios previos. Parece ser que nadie en aquél entonces hablaba inglés (ni español, en todo caso). Debe haber sido un momento muy primitivo realmente. Muy indecoroso también. Pero todo se reduce, me dicen, a una pequeña tribu en Africa, hace unos 150.000 años, de la cual descendemos todos los humanos que hoy pisamos la tierra y volamos por el aire en aeroplanos, helicópteros y decimoterceros pisos de elegantes edificios.
Los fósiles humanos más antiguos fueron recogidos en Etiopía. Se trata tan sólo de un montón de huesos, sin color aroma, belleza o sabor (tuve ocasión de examinarlos “prima facie”). Sin embargo, para el ojo ejercitado del científico, la conclusión obvia es la siguiente: el juez más certero para el problema inmigratorio sería un etíope. No el presidente, ni ninguna de las autoridades, ya que cada uno de ellos tiene una agenda, intereses y motivaciones que son ajenos a este tema. En cuanto a la gente de las ciudades, siempre está ocupada, nerviosa, siempre procurando que su vida no se le escape. Esa falta de concentración la hace poco confiable.
Pero si hiciésemos un viaje hacia el interior del país y nos detuviésemos en alguna aldea a un lado u otro de, digamos, el río Omo —incluso un pueblito polvoriento y sin nombre será suficiente, ya que ahí encontraremos, entre sus más permanentes habitantes, sin duda, algún mercader cuya familia nunca haya abandonado el lugar; que durante 150.000 años se haya parado en el mismo pedazo de tierra y no sea extranjera de nada. Pero incluso él recibe, presumiblemente, de cuando en cuando, noticias del mundo, y por lo tanto todavía estaría predeterminado, inclinado hacia una posición un otra. No: el ser inmaculado que estamos buscando quizás sea el niño que hace los mandados; él no tendría prejuicios, él sería tan objetivo como una piedra, como un palo en el suelo. (Nota: probablemente convendría que fuese sordo y ciego.)
Y es a él a quien dirigirás la pregunta última: “¿Qué hacer con los inmigrantes en América, en España, dónde sea…?” No sientas desazón si titubea —éste es un asunto grave—, o si pierde sus astutos ojos maleables en una nube lejana y pregunta, “¿Qué es América?¿Qué es España?”. EL tendrá una respuesta al final.
Por supuesto siempre hay una chance —¿pero no son las leyes, así como los legisladores, elementos azarosos, también?— de que simplemente se encoja de hombros, diga, “Mándenlos a la luna”, y se aleje trotando. Motivo por el cual, de las dos opciones mencionadas al principio, nos queda sólo una, validada por nuestro riguroso análisis científico.
Post Scriptum: Desde que publiqué por primera vez las conclusiones de nuestra investigación, he recibido innumerables llamadas, emails y cartas, por los cuales estoy agradecido. Entre la gente que escribió, hay algunos que sostienen que todos somos extranjeros en la Tierra, que todos somos descendientes de pequeñas creaturas oceánicas. Pero la idea de ser un pez aleteando en el agua fría es muy incómoda y, por lo tanto, no puede ser verdadera.
Dr. Julian Branson para pulppo.blogspot.com
27 enero, 2007
14 enero, 2007
Cap. 9: MEXICANOS EN EL CIELO
Ahora que es invierno y hace frío, encontré esta nota escrita en el verano:
En el subte habia un mejicanito con una portorriqueña. Y el mejicanito le decia si le podia dar un beso (estaban juntos, se entiende) y la porto (que le gustaba hacerse la cocorita) se largaba unas parrafadas tipo: "Tu eles como tolos los homble'. Yo estoy contigo y somos amigos, y entonces están los que cleen que todo pasa así... pol alte de magia. No me gusta que me plesionen... Tiene' que aplendél a lespetal a las pelsonas", etc., etc.
Y el mejicanito la miraba desde atrás de sus anteojos azules, y sonreía con una de esas sonrisas mejicanas que quieren decir que no están escuchando un pomo lo que les decís (como cuando en los restaurantes preguntas si te pueden hacer el chocolate con leche, y te dicen que sí, y te lo traen con agua igual) — y entonces, cuando la otra paraba de cotorrear, el mejicanito agarraba y le decía de nuevo: "¿Me das un beso?"
Y la otla empezaba otla vez con su despliegue de eles y de molal y buenas costumbles, y así hasta la playa en Coney Island, que es como el infierno, el purgatorio y el cielo de Dante, todo junto, donde cada persona hace una cosa sola, infinitamente, y esa cosa define lo que es... Por ejemplo yo traté de barrenar y la malla casi se me sale porque no tiene cordón. Y después intenté de nuevo.
En el subte habia un mejicanito con una portorriqueña. Y el mejicanito le decia si le podia dar un beso (estaban juntos, se entiende) y la porto (que le gustaba hacerse la cocorita) se largaba unas parrafadas tipo: "Tu eles como tolos los homble'. Yo estoy contigo y somos amigos, y entonces están los que cleen que todo pasa así... pol alte de magia. No me gusta que me plesionen... Tiene' que aplendél a lespetal a las pelsonas", etc., etc.
Y el mejicanito la miraba desde atrás de sus anteojos azules, y sonreía con una de esas sonrisas mejicanas que quieren decir que no están escuchando un pomo lo que les decís (como cuando en los restaurantes preguntas si te pueden hacer el chocolate con leche, y te dicen que sí, y te lo traen con agua igual) — y entonces, cuando la otra paraba de cotorrear, el mejicanito agarraba y le decía de nuevo: "¿Me das un beso?"
Y la otla empezaba otla vez con su despliegue de eles y de molal y buenas costumbles, y así hasta la playa en Coney Island, que es como el infierno, el purgatorio y el cielo de Dante, todo junto, donde cada persona hace una cosa sola, infinitamente, y esa cosa define lo que es... Por ejemplo yo traté de barrenar y la malla casi se me sale porque no tiene cordón. Y después intenté de nuevo.
29 noviembre, 2006
Cap. 8: COMO EL ARTE (NO HAY NADA)
Escribe el Pulpo:
Hace un tiempo me asaltó la idea de que al blog le hace falta un poco de vida, de color, de variedad. Durante el curso de mis investigaciones y estudios, mientras revisaba la extensa documentación sobre el tema, encontré una imagen tan hermosa, tan delicada y tan profunda, que no puedo menos que compartirla con ustedes.
Hace un tiempo me asaltó la idea de que al blog le hace falta un poco de vida, de color, de variedad. Durante el curso de mis investigaciones y estudios, mientras revisaba la extensa documentación sobre el tema, encontré una imagen tan hermosa, tan delicada y tan profunda, que no puedo menos que compartirla con ustedes.
17 noviembre, 2006
Cap. 7: LA LUZ INTERIOR
Resumiendo: Había quedado en ir a consolar al Pulpo, cuyo hámster, Zenón, se había dado a la fuga, dejando no sólo a su dueño sino a la casa entera sin energía eléctrica (todo explicado y detallado en cap. 3 y 5). Y no es que tenga mucho tiempo libre, yo. Dos trabajos tengo (ver capítulo 2), y soportar al Pulpo, tres. Así que ese día que les estaba contando fue de mal en peor.
En mi primer curro (pasear perros) tenía que empezar con un perrito nuevo, Krugger, un Rottweiler simpatiquísimo. Lo había ido a conocer un par de días antes. Contrariamente a la fama de los de su raza, éste era una seda. Se enrrollaba en los pies de su dueño como un gatito. Se paró en dos patas (tenía exactamente mi altura) y me lamió la cara. Pude apreciar de cerca su cuello ensamblado con músculos gruesos y tensos como las cuerdas graves de un piano, sus colmillos delicados y todavía blancos. "Está a punto de cumplir tres, pero es como un cachorro todavía", confirmó el dueño. Hice la pregunta de rigor en estos casos, "¿Cree que puede ser agresivo la primera vez que venga?" "Para nada, en absoluto", respondió el hombre. "Acá están las llaves". Perfecto. No sé cómo será el asunto en los países donde estén leyendo esto, pero en Nueva York uno tiene las llaves de las casas y pasea a los perros mientras la gente está en su trabajo.
Así que dos días después ahí estoy yo, abriendo la puerta y llamando, "Krugger, Krugger", con mi voz de cordero. Debo agradecer a DIos, si es que está leyendo esto, el hecho de que yo tuviese mi mochila en la mano derecha y que la incomparable dentadura de Krugger atravesara sólo su tela y el CD player que llevaba adentro en lugar de mi húmero, mi cúbito o mi radio. Lo malo fue que la mochila cayó justo en el pequeño espacio abierto de la puerta, atascándola y haciéndome imposible recuperarla, sobre todo porque Krugger había puesto una garra sobre ella y me miraba mientras producía un sonido como el que nadie oyó desde que algún antepasado nuestro pasara los domingos dibujando búfalos en el techo de su caverna y apedreara a los leones que le arruinaban el césped.
Pero Krugger conocía su oficio. Seguramente pensaba en una ración extra de carne molida a la noche. Cada intruso aniquilado es un ascenso... Era un perro con ambiciones, no un advenedizo. Con un empujón que no pude contener abrió la puerta un poco más y sacó su cabeza al pasillo... después una pata... todo esto sin dejar de gruñir... Yo creo que a Teseo el asunto ese del Minotauro le fue más fácil... Yo no tengo a nadie que venga a embellecer mis acciones... Homero... Ovidio... todos farsantes. Esto que les cuento ocurrió tal cual.
Corrí escaleras arriba. Era mi única opción. Krugger había tomado posesión del pasillo. Logísticamente hablando no era ningún tonto tampoco. Seguramente había tenido entrenamiento militar. Quiero decir que, como era el primer piso y no había ascensor, técnicamente tenía el edificio bajo control. Nadie podía entrar ni salir sin pasar por su dominio.
Las siguientes cinco horas fueron lentas y dramáticas, pero pueden resumirse así: una chica que bajaba me encontró arrinconado en un recodo de la escalera. Le expliqué lo mejor que pude que no era ni vendedor ni consumidor de drogas y que la situación abajo era grave. Se entiende que yo no podía llamar por teléfono al dueño del perro porque mi agenda estaba en poder del mismo. Pensé en la cinta de Moebius. Me desvanecí. La chica me dejó pasar a su departamento, que compartía con otras tres. Eran todas pakistaníes. "Hay un león suelto ahí abajo", informó. (Supongo que entendió "wild lion" cuando le dije "rottweiler"). Prepararon té y nos sentamos a esperar, turnándonos para vigilar el pasillo, para alertar en caso de que alguien quisiera pasar. Debo decir que tomaron la noticia con bastante calma, salvo una a la que se le estaba haciendo tarde. Trabajaba en esa librería del Village, "Non-Imperialist, Non-Opressive Books"... Justo en esa...
Mientras con el resto hablaba del mundial de hockey y de Ali G, podía ver cómo la cara le iba cambiando de color... rojo... verde... negro. Abajo Krugger ululaba como un endemoniado y parecía haber descubierto dónde se guardaban las escobas y los líquidos para limpiar el piso. Me pregunté si sabría armar explosivos...
A la cuarta o quinta taza de té la chica no pudo resistirse más. "¡Esto es un típico producto de la sociedad machista!", explotó. "¿A quién se le ocurre tener un animal como ese si no es a un hombre?" Era cierto, el dueño era un rubio de esos que se miran al espejo mientras levantan pesas y juegan fútbol americano en la universidad. "¡Y hacía falta otro para dejarlo suelto!" Esto ya se dirigía a mí, me pareció. Me puse en guardia. La chica siguió gritando, "¡Habría que prenderle fuego!¡Habría que cortarle las bolas!"
Yo sé que hablaba del perro, pero cuando manoteó el cuchillo me levanté de un salto y abrí la puerta. Las amigas intentaban controlarla, pero la chica rebotaba contra el techo... ¡Era una bomba de tiempo! ¡Peor! ¡Un arma de destrucción masiva! ¡Un piso más abajo Krugger se reía! ¡Yo lo oí! ¡Me estaba esperando! Me resigné a mi destino y empecé a bajar...
En ese momento sonó la voz del dueño y hubo un silencio y el perro se metió en su casa y mientras yo explicaba todo lo que había pasado y el hombre me decía que no podía ser, que yo le había hecho algo al perro, Krugger se sentaba, se hacía el muertito y daba la pata. Le devolví las llaves. Ya no importaba. Lo dejé en manos de la vecina de arriba, que bajaba tronando como una Valkiria. Pero de esa historia ya no sé nada...
Más tarde, en mi segundo trabajo (en la cocina de un restaurante) también hubo dificultades, cuando una comitiva de empresarios japoneses (de la cual esperábamos una honorable propina) devolvió los platos intactos y se retiró, quejándose de que el pescado no estaba lo suficientemente crudo.
*************
Cuando finalmente llegué a su casa (viernes, 3 am) el Pulpo me recibió a oscuras y me dijo (su voz temblaba con excitación), "Ya está, lo tengo".
"¿Qué cosa?¿Zenón...?"
"No, no: tu blog. Ya está".
"Bueno, me alegro, Pulpo, pero tuve un día larguísimo...", yo ya olisqueaba la cama, se entiende.
"Es la fórmula perfecta...", insistió el Pulpo. Me había agarrado un brazo y no me largaba. Tuve que escucharlo. "Time, Gente, The Paris Review, el Güáshinton Post, la BBC, Gallimard, National Geographics, Penthouse, The Wall Street Journal... todo junto, pero más mejor".
"Genial", le dije. "Pero yo ya tengo mis propias ideas, ¿'tamos?" Me soltó. Busqué la cama a tientas. La ecuación era simple: Dormir = Felicidad.
La voz del Pulpo cruzó la habitación y hundió su pico en mi oído:
"Porque supongo que no te vas a poner a escribir sobre qué dura es tu vida, y las cosas tan interesantes que te pasan con tus perritos, sus pulgas y los clientes tan aristocráticos y fungosos de tu restaurante, ¿no?"
Debo reconocer que en ese momento... no sé, como que me desperté un poco.
"Obviamente no, Pulpo. ¿Cómo se te ocurre tamaña cantidad de aburrimiento?" Insistí con mi línea de defensa: "Entonces ¿Me puedo ir a dormir? Gracias".
"Nóu wéy, man. Me ayudás a buscar al Zenón. Así vuelve la electricitud y me conecto a la web".
El Pulpo suelto en la web. Un peligro, pensé. Seguro que empieza el blog sin mí y pone cualquier cosa.
Durante cuarenta minutos sacudí los mismos tres almohadones, rezando para que el hamster no apareciera. Al final, hasta el Pulpo se dio por vencido. "Me tendría que comprar uno de esos chanchos fluorescentes", dijo. "Para emergencias como esta... Uno o dos, mejor... Son románticos... No hay nada como cenar a la luz de un cerdo... De última lo hacemos jamón... ¿Será esa la famosa luz interior...?".
No contesté. Un alivio que Zenón no apareciese. "Ahora todo el mundo se va a apolillar y listo...", pensé. "Mañana veo cómo le impido al Pulpo que se apodere de mi blog y de mi vida. Ahora, a dormir..."
Abrí la puerta de la heladera para llenerme un vaso con agua y ahí, regalándose un festín de roquefort y mortadela, en perfecto estado de salud física, con su facultades mentales intactas y listo para volver a su trabajo, estaba Zenón.
El Pulpo sonrió y yo me hundí en las oscuras aguas del sueño.
En mi primer curro (pasear perros) tenía que empezar con un perrito nuevo, Krugger, un Rottweiler simpatiquísimo. Lo había ido a conocer un par de días antes. Contrariamente a la fama de los de su raza, éste era una seda. Se enrrollaba en los pies de su dueño como un gatito. Se paró en dos patas (tenía exactamente mi altura) y me lamió la cara. Pude apreciar de cerca su cuello ensamblado con músculos gruesos y tensos como las cuerdas graves de un piano, sus colmillos delicados y todavía blancos. "Está a punto de cumplir tres, pero es como un cachorro todavía", confirmó el dueño. Hice la pregunta de rigor en estos casos, "¿Cree que puede ser agresivo la primera vez que venga?" "Para nada, en absoluto", respondió el hombre. "Acá están las llaves". Perfecto. No sé cómo será el asunto en los países donde estén leyendo esto, pero en Nueva York uno tiene las llaves de las casas y pasea a los perros mientras la gente está en su trabajo.
Así que dos días después ahí estoy yo, abriendo la puerta y llamando, "Krugger, Krugger", con mi voz de cordero. Debo agradecer a DIos, si es que está leyendo esto, el hecho de que yo tuviese mi mochila en la mano derecha y que la incomparable dentadura de Krugger atravesara sólo su tela y el CD player que llevaba adentro en lugar de mi húmero, mi cúbito o mi radio. Lo malo fue que la mochila cayó justo en el pequeño espacio abierto de la puerta, atascándola y haciéndome imposible recuperarla, sobre todo porque Krugger había puesto una garra sobre ella y me miraba mientras producía un sonido como el que nadie oyó desde que algún antepasado nuestro pasara los domingos dibujando búfalos en el techo de su caverna y apedreara a los leones que le arruinaban el césped.
Pero Krugger conocía su oficio. Seguramente pensaba en una ración extra de carne molida a la noche. Cada intruso aniquilado es un ascenso... Era un perro con ambiciones, no un advenedizo. Con un empujón que no pude contener abrió la puerta un poco más y sacó su cabeza al pasillo... después una pata... todo esto sin dejar de gruñir... Yo creo que a Teseo el asunto ese del Minotauro le fue más fácil... Yo no tengo a nadie que venga a embellecer mis acciones... Homero... Ovidio... todos farsantes. Esto que les cuento ocurrió tal cual.
Corrí escaleras arriba. Era mi única opción. Krugger había tomado posesión del pasillo. Logísticamente hablando no era ningún tonto tampoco. Seguramente había tenido entrenamiento militar. Quiero decir que, como era el primer piso y no había ascensor, técnicamente tenía el edificio bajo control. Nadie podía entrar ni salir sin pasar por su dominio.
Las siguientes cinco horas fueron lentas y dramáticas, pero pueden resumirse así: una chica que bajaba me encontró arrinconado en un recodo de la escalera. Le expliqué lo mejor que pude que no era ni vendedor ni consumidor de drogas y que la situación abajo era grave. Se entiende que yo no podía llamar por teléfono al dueño del perro porque mi agenda estaba en poder del mismo. Pensé en la cinta de Moebius. Me desvanecí. La chica me dejó pasar a su departamento, que compartía con otras tres. Eran todas pakistaníes. "Hay un león suelto ahí abajo", informó. (Supongo que entendió "wild lion" cuando le dije "rottweiler"). Prepararon té y nos sentamos a esperar, turnándonos para vigilar el pasillo, para alertar en caso de que alguien quisiera pasar. Debo decir que tomaron la noticia con bastante calma, salvo una a la que se le estaba haciendo tarde. Trabajaba en esa librería del Village, "Non-Imperialist, Non-Opressive Books"... Justo en esa...
Mientras con el resto hablaba del mundial de hockey y de Ali G, podía ver cómo la cara le iba cambiando de color... rojo... verde... negro. Abajo Krugger ululaba como un endemoniado y parecía haber descubierto dónde se guardaban las escobas y los líquidos para limpiar el piso. Me pregunté si sabría armar explosivos...
A la cuarta o quinta taza de té la chica no pudo resistirse más. "¡Esto es un típico producto de la sociedad machista!", explotó. "¿A quién se le ocurre tener un animal como ese si no es a un hombre?" Era cierto, el dueño era un rubio de esos que se miran al espejo mientras levantan pesas y juegan fútbol americano en la universidad. "¡Y hacía falta otro para dejarlo suelto!" Esto ya se dirigía a mí, me pareció. Me puse en guardia. La chica siguió gritando, "¡Habría que prenderle fuego!¡Habría que cortarle las bolas!"
Yo sé que hablaba del perro, pero cuando manoteó el cuchillo me levanté de un salto y abrí la puerta. Las amigas intentaban controlarla, pero la chica rebotaba contra el techo... ¡Era una bomba de tiempo! ¡Peor! ¡Un arma de destrucción masiva! ¡Un piso más abajo Krugger se reía! ¡Yo lo oí! ¡Me estaba esperando! Me resigné a mi destino y empecé a bajar...
En ese momento sonó la voz del dueño y hubo un silencio y el perro se metió en su casa y mientras yo explicaba todo lo que había pasado y el hombre me decía que no podía ser, que yo le había hecho algo al perro, Krugger se sentaba, se hacía el muertito y daba la pata. Le devolví las llaves. Ya no importaba. Lo dejé en manos de la vecina de arriba, que bajaba tronando como una Valkiria. Pero de esa historia ya no sé nada...
Más tarde, en mi segundo trabajo (en la cocina de un restaurante) también hubo dificultades, cuando una comitiva de empresarios japoneses (de la cual esperábamos una honorable propina) devolvió los platos intactos y se retiró, quejándose de que el pescado no estaba lo suficientemente crudo.
*************
Cuando finalmente llegué a su casa (viernes, 3 am) el Pulpo me recibió a oscuras y me dijo (su voz temblaba con excitación), "Ya está, lo tengo".
"¿Qué cosa?¿Zenón...?"
"No, no: tu blog. Ya está".
"Bueno, me alegro, Pulpo, pero tuve un día larguísimo...", yo ya olisqueaba la cama, se entiende.
"Es la fórmula perfecta...", insistió el Pulpo. Me había agarrado un brazo y no me largaba. Tuve que escucharlo. "Time, Gente, The Paris Review, el Güáshinton Post, la BBC, Gallimard, National Geographics, Penthouse, The Wall Street Journal... todo junto, pero más mejor".
"Genial", le dije. "Pero yo ya tengo mis propias ideas, ¿'tamos?" Me soltó. Busqué la cama a tientas. La ecuación era simple: Dormir = Felicidad.
La voz del Pulpo cruzó la habitación y hundió su pico en mi oído:
"Porque supongo que no te vas a poner a escribir sobre qué dura es tu vida, y las cosas tan interesantes que te pasan con tus perritos, sus pulgas y los clientes tan aristocráticos y fungosos de tu restaurante, ¿no?"
Debo reconocer que en ese momento... no sé, como que me desperté un poco.
"Obviamente no, Pulpo. ¿Cómo se te ocurre tamaña cantidad de aburrimiento?" Insistí con mi línea de defensa: "Entonces ¿Me puedo ir a dormir? Gracias".
"Nóu wéy, man. Me ayudás a buscar al Zenón. Así vuelve la electricitud y me conecto a la web".
El Pulpo suelto en la web. Un peligro, pensé. Seguro que empieza el blog sin mí y pone cualquier cosa.
Durante cuarenta minutos sacudí los mismos tres almohadones, rezando para que el hamster no apareciera. Al final, hasta el Pulpo se dio por vencido. "Me tendría que comprar uno de esos chanchos fluorescentes", dijo. "Para emergencias como esta... Uno o dos, mejor... Son románticos... No hay nada como cenar a la luz de un cerdo... De última lo hacemos jamón... ¿Será esa la famosa luz interior...?".
No contesté. Un alivio que Zenón no apareciese. "Ahora todo el mundo se va a apolillar y listo...", pensé. "Mañana veo cómo le impido al Pulpo que se apodere de mi blog y de mi vida. Ahora, a dormir..."
Abrí la puerta de la heladera para llenerme un vaso con agua y ahí, regalándose un festín de roquefort y mortadela, en perfecto estado de salud física, con su facultades mentales intactas y listo para volver a su trabajo, estaba Zenón.
El Pulpo sonrió y yo me hundí en las oscuras aguas del sueño.
14 septiembre, 2006
Cap. 6: ACLARACIÓN
Quería aclarar que, en el capítulo anterior, sólo la primera y última parte del texto son fruto de mi esfuerzo, y que todo lo que se encuentra dentro de ese largo y penoso paréntesis —ese mundo paralelo tolerado por nuestra gramática— es una interpolación Made in Pulpo. Mi papá jamás usó método alguno de castigo físico para enseñarme algo. De hecho, nunca me enseñó nada. Al menos eso creí durante mucho tiempo, y ahora que lo pongo así, por escrito... no sé...
Era empleado en la Municipalidad, en la sección de registros (donde se archivan planos de edificios y demás construcciones). No le conocí otro oficio. Había emigrado de chico a Buenos Aires, con su familia, en la crecida del fascismo. Pero esa es una historia más grande y ahora no interesa, porque lo que me vino a la mente en este instante es otra cosa.
Parece ridículo —porque yo siempre supe cuál era su rutina— pero hasta este momento nunca me había puesto a pensar —quiero decir, pensar hasta sentir su habitación formándose alrededor de la cama, el día metiéndose por una grieta en la madera veteada de la persiana; hasta ver las agujas del reloj clavadas a las cinco y cincuenta y nueve, y estirar la mano todavía pesada de sueño, quizás pincharse un poco con la perilla gastada, y torcerla para que no suene la alarma, un minuto antes de que el mecanismo cumpliera su parte, para no despertar al hijo en la otra habitación (tiene que haber sido así porque jamás escuché sonar su reloj), o a la mujer que duerme tranquila a su lado, tras un puñado de insomnio compartido; besarla y notar (como al pasar, sin detenerse en el hecho) las marcas que el tiempo fue dejando en el rostro y saber que son las mismas que dejó en el suyo (pero sólo cuando uno las nombra se hacen visibles, si no cada uno tiene el mismo rostro desde el día del nacimiento, desde antes); prepararse una taza de café mientras la casa sigue en silencio y el mundo se reajusta lentamente —el paisaje de siempre vuelve a estar en la ventana: la calle estirada como un río; los rieles del tranvía, cubiertos a medias por el asfalto, prácticamente invisibles, salvo a esta hora en la que brillan al sol; el árbol que, según el momento del año, será oscuro y frondoso, con la copa inquieta como un toro, o de un gris desterrado, casi transparente—, todo cae en su lugar, todo entra en peso, con una eficiencia delicada, para que cuando uno mire las cosas ya estén ahí o hayan estado ahí desde siempre; después el viaje en colectivo, la breve caminata a la oficina y el comienzo oficial de la rutina— y yo nunca me había puesto a pensar en eso. Todos esos años, toda esa parte de su vida (no sólo sus gestos, su deambular en el mundo físico, sino los pequeños desvíos del pensamiento, los asombros que cruzan la mente sin dejar rastro) no tiene testigos, le pertenece solamente a él, sólo me es posible imaginarlo.
El resto del día se le iba en archivar papeles y escribir a máquina. Esto último lo hacía tan lentamente que parecía una tarea dolorosa, como si cada tecla le arrancara un pedazo de piel de los dedos y no se decidiera a tocarlas del todo. A la larga (como le ocurre a cualquiera al cabo de los años) lo ascendieron a supervisor y alguna secretaria o secretario mecanografiaba por él (recuerdo haber visitado una vez su oficina nueva —separada de la antigua por una especie de biombo de papel translúcido — y ser ofrendado a una mujer redonda y roja que, durante toda la tarde, me contó de los campos de sus abuelos, de las cosas que hacía cuando tenía mi edad —siete años—, de cierta vaquita que era suya, llamada Teodora, y de cómo una mañana al llegar a su corral lo encontró vacío, salvo por una nota enganchada al alambre —y todavía preservada en su billetera— que decía: "Querida dueña. Gracias por cuidarme todo este tiempo. Como usted sabe, he crecido y ahora me he propuesto viajar y conocer el mundo. Usted comprenderá. La aprecia: Teodora. Posdata: Ya le contaré algún día qué bien sirven las mesas en los restaurantes de Europa." Ni ella ni yo apreciamos este toque de humor negro. En realidad, yo no lo entendí. Ella intentó explicármelo y se puso a llorar, me echó vagamente la culpa de su malestar, abandonó la oficina antes de tiempo, y papá tuvo que sentarse a terminar sus papeles inconclusos. Esto alargó un día ya lo suficientemente largo de por sí. Releí la historieta que me habían comprado esa mañana —una gruesa adaptación del Barón de Munchhausen, con ilustraciones en blanco, negro y rojo brillante— pero fue un refugio endeble contra la consistencia fría y milimétrica del aburrimiento. El resto de las horas fue invadido por el ruido de la máquina y los disparos de sus teclas, cuyo último destino era aquel cuerpo encorvado y alto, ya escaso de pelo, que a veces se daba vuelta para sonreirme.Nunca más quise acompañarlo al trabajo.) Ahí vamos con los paréntesis de nuevo.
El hecho es que un día (no en una fecha especial, sino un día cualquiera) papá llegó de la oficina, abrió su maletín, sacó un papel, me lo pasó y dijo: "Tuyo". Era una hoja mecanografiada por él ("de puño y letra, en su caso", como dijo el Pulpo, en una de sus raras iluminaciones). Intenté descifrarla pero estaba en otro idioma y yo apenas mordisqueaba el castellano. Le pregunté qué decía. No quiso darle mucha importancia. Me dijo que no me preocupara por ahora, que la guardara bien, y, como había traido otras cosas de regalo —cosas debidamente manufacturadas con las que uno podía jugar—, el asunto quedó olvidado. Ignoro el recorrido de la hoja todos estos años. Algún día habría que escribir —a la manera en la que un general derrotado traza los movimientos invisibles que su enemigo hizo en el terreno— la historia de los objetos que transcurre paralela a la nuestra, los puntos de encuentro con cada uno de ellos, sus largos recorridos de ausencia, su significado delicadamente variable cada vez, su influencia secreta o evidente en nuestro ánimo.
Yo, como la mayoría de la gente educada de hoy, ignoro el latín. Probablemente a papá le quedaba un resabio de su primaria europea. Lo cierto es que un tiempo atrás la hoja volvió a aparecer —resucitada de un cuaderno viejo que traje entre mis cosas a Nueva York— y me propuse encontrar un traductor; por lo que, luego de ciertas averiguaciones en las aulas de letras clásicas, terminé una noche, no lejos de Union Square, cruzando los pasillos de un edificio borrascoso, mal iluminado e infestado de estudiantes con pines de Columbia y NYU, hasta alcazar una habitación negra, sembrada de estatuas de Buda, muñecas de seis brazos, velas e inciensos, donde una fiesta continua estaba en marcha, y en la cual una chica de ojos amarillos y pelo violeta (o al revés) tradujo el poema del latín al inglés, bajo el estruendo sofocante de los parlantes, por quince dólares y consultando sólo una vez un diccionario electrónico que brillaba en la oscuridad con un resplandor verdinoso, como una carga de kriptonita. Más tarde, en la seguridad de mi hogar, leí finalmente la hoja mecanografiada, que de repente había cobrado el aura de un descubrimiento arqueológico.
Estoy tentado de no transcribir la dichosa paginita, de dejarlo todo ahí, medio misterioso. Corre el riesgo de parecer poca cosa. De hecho, en cierta forma, lo es. Pero, en fin...
Es uno de los pocos poemas que sobreviven de Petronio (el del Satiricón). ¿Por qué este poema y no otro? No tengo idea. Es el que empieza "Parvula securo tegitur mihi culmine sedes / uvaque plena mero fecunda pendet ab ulmo..." (para quien quiera buscarlo) y ésta es la traducción de una traducción; o sea la malversación de una malversación:
*
La casa pequeña y el techo silencioso del árbol, la sombra
Del olmo, las uvas en las viñas y las cerezas madurando;
Las manzanas rojas en el huerto, el árbol de Palas
Brotando aceitunas y la tierra bien regada.
Y campos de col y de malva, pesada y reptante,
Y amapolas que seguramente me traerán el sueño.
Y si voy en busca de pájaros o del tímido ciervo
o a pescar truchas con mi caña, esa es toda la astucia
que mis pobres campos conocen.
Así que andate ahora: andá y vendé tu vida, tu vida leve
y el tiempo que huye, a cambio de suntuosas fiestas.
Si a mí también me espera el final, yo sólo pido
que me encuentre acá, y que acá me pida
Las cuentas de los días, de las horas consumidas.
*
De hecho, ahora que crecí un poco, y que pasó el tiempo, y que empiezo a ver más claramente el arco que toda vida traza (de vuelta: Munchhausen montado en una bala de cañón, cruzando el cielo) entiendo el plan sutil que papá ideó: la hoja que él me dió está hecha de tiempo. 4.115 gramos es lo que pesan estos tres momentos (más adelante entrará alguno más): 1. el de mi niñez, cuando la hoja llegó a mis manos. 2. éste, en el que finalmente la leo. 3. aquel instante futuro al que se refiere el poema.
Les dije que era poca cosa. Hay otras —porque en realidad no era esto lo que quería contar cuando empecé— pero hoy las cosas me eluden un poco... (Pasa que leyendo lo de la vez pasada me acordé de mis viejos... Me daban ganas de preguntarles si fueron felices—"Una de las preguntas más imbéciles que se hayan inventado", arremetió el Pulpo cierta vez. "Por eso llevo un puñado de tierrita en el bolsillo: para soplársela en la cara al primero que pregunte. Soplársela y decirle que sí, por supuesto".)
Pero estábamos hablando del día en que fui a ver al Pulpo y en el que este blog finalmente vió la luz.
(continuará...)
(lo prometo, como dijo Judas...)
Era empleado en la Municipalidad, en la sección de registros (donde se archivan planos de edificios y demás construcciones). No le conocí otro oficio. Había emigrado de chico a Buenos Aires, con su familia, en la crecida del fascismo. Pero esa es una historia más grande y ahora no interesa, porque lo que me vino a la mente en este instante es otra cosa.
Parece ridículo —porque yo siempre supe cuál era su rutina— pero hasta este momento nunca me había puesto a pensar —quiero decir, pensar hasta sentir su habitación formándose alrededor de la cama, el día metiéndose por una grieta en la madera veteada de la persiana; hasta ver las agujas del reloj clavadas a las cinco y cincuenta y nueve, y estirar la mano todavía pesada de sueño, quizás pincharse un poco con la perilla gastada, y torcerla para que no suene la alarma, un minuto antes de que el mecanismo cumpliera su parte, para no despertar al hijo en la otra habitación (tiene que haber sido así porque jamás escuché sonar su reloj), o a la mujer que duerme tranquila a su lado, tras un puñado de insomnio compartido; besarla y notar (como al pasar, sin detenerse en el hecho) las marcas que el tiempo fue dejando en el rostro y saber que son las mismas que dejó en el suyo (pero sólo cuando uno las nombra se hacen visibles, si no cada uno tiene el mismo rostro desde el día del nacimiento, desde antes); prepararse una taza de café mientras la casa sigue en silencio y el mundo se reajusta lentamente —el paisaje de siempre vuelve a estar en la ventana: la calle estirada como un río; los rieles del tranvía, cubiertos a medias por el asfalto, prácticamente invisibles, salvo a esta hora en la que brillan al sol; el árbol que, según el momento del año, será oscuro y frondoso, con la copa inquieta como un toro, o de un gris desterrado, casi transparente—, todo cae en su lugar, todo entra en peso, con una eficiencia delicada, para que cuando uno mire las cosas ya estén ahí o hayan estado ahí desde siempre; después el viaje en colectivo, la breve caminata a la oficina y el comienzo oficial de la rutina— y yo nunca me había puesto a pensar en eso. Todos esos años, toda esa parte de su vida (no sólo sus gestos, su deambular en el mundo físico, sino los pequeños desvíos del pensamiento, los asombros que cruzan la mente sin dejar rastro) no tiene testigos, le pertenece solamente a él, sólo me es posible imaginarlo.
El resto del día se le iba en archivar papeles y escribir a máquina. Esto último lo hacía tan lentamente que parecía una tarea dolorosa, como si cada tecla le arrancara un pedazo de piel de los dedos y no se decidiera a tocarlas del todo. A la larga (como le ocurre a cualquiera al cabo de los años) lo ascendieron a supervisor y alguna secretaria o secretario mecanografiaba por él (recuerdo haber visitado una vez su oficina nueva —separada de la antigua por una especie de biombo de papel translúcido — y ser ofrendado a una mujer redonda y roja que, durante toda la tarde, me contó de los campos de sus abuelos, de las cosas que hacía cuando tenía mi edad —siete años—, de cierta vaquita que era suya, llamada Teodora, y de cómo una mañana al llegar a su corral lo encontró vacío, salvo por una nota enganchada al alambre —y todavía preservada en su billetera— que decía: "Querida dueña. Gracias por cuidarme todo este tiempo. Como usted sabe, he crecido y ahora me he propuesto viajar y conocer el mundo. Usted comprenderá. La aprecia: Teodora. Posdata: Ya le contaré algún día qué bien sirven las mesas en los restaurantes de Europa." Ni ella ni yo apreciamos este toque de humor negro. En realidad, yo no lo entendí. Ella intentó explicármelo y se puso a llorar, me echó vagamente la culpa de su malestar, abandonó la oficina antes de tiempo, y papá tuvo que sentarse a terminar sus papeles inconclusos. Esto alargó un día ya lo suficientemente largo de por sí. Releí la historieta que me habían comprado esa mañana —una gruesa adaptación del Barón de Munchhausen, con ilustraciones en blanco, negro y rojo brillante— pero fue un refugio endeble contra la consistencia fría y milimétrica del aburrimiento. El resto de las horas fue invadido por el ruido de la máquina y los disparos de sus teclas, cuyo último destino era aquel cuerpo encorvado y alto, ya escaso de pelo, que a veces se daba vuelta para sonreirme.Nunca más quise acompañarlo al trabajo.) Ahí vamos con los paréntesis de nuevo.
El hecho es que un día (no en una fecha especial, sino un día cualquiera) papá llegó de la oficina, abrió su maletín, sacó un papel, me lo pasó y dijo: "Tuyo". Era una hoja mecanografiada por él ("de puño y letra, en su caso", como dijo el Pulpo, en una de sus raras iluminaciones). Intenté descifrarla pero estaba en otro idioma y yo apenas mordisqueaba el castellano. Le pregunté qué decía. No quiso darle mucha importancia. Me dijo que no me preocupara por ahora, que la guardara bien, y, como había traido otras cosas de regalo —cosas debidamente manufacturadas con las que uno podía jugar—, el asunto quedó olvidado. Ignoro el recorrido de la hoja todos estos años. Algún día habría que escribir —a la manera en la que un general derrotado traza los movimientos invisibles que su enemigo hizo en el terreno— la historia de los objetos que transcurre paralela a la nuestra, los puntos de encuentro con cada uno de ellos, sus largos recorridos de ausencia, su significado delicadamente variable cada vez, su influencia secreta o evidente en nuestro ánimo.
Yo, como la mayoría de la gente educada de hoy, ignoro el latín. Probablemente a papá le quedaba un resabio de su primaria europea. Lo cierto es que un tiempo atrás la hoja volvió a aparecer —resucitada de un cuaderno viejo que traje entre mis cosas a Nueva York— y me propuse encontrar un traductor; por lo que, luego de ciertas averiguaciones en las aulas de letras clásicas, terminé una noche, no lejos de Union Square, cruzando los pasillos de un edificio borrascoso, mal iluminado e infestado de estudiantes con pines de Columbia y NYU, hasta alcazar una habitación negra, sembrada de estatuas de Buda, muñecas de seis brazos, velas e inciensos, donde una fiesta continua estaba en marcha, y en la cual una chica de ojos amarillos y pelo violeta (o al revés) tradujo el poema del latín al inglés, bajo el estruendo sofocante de los parlantes, por quince dólares y consultando sólo una vez un diccionario electrónico que brillaba en la oscuridad con un resplandor verdinoso, como una carga de kriptonita. Más tarde, en la seguridad de mi hogar, leí finalmente la hoja mecanografiada, que de repente había cobrado el aura de un descubrimiento arqueológico.
Estoy tentado de no transcribir la dichosa paginita, de dejarlo todo ahí, medio misterioso. Corre el riesgo de parecer poca cosa. De hecho, en cierta forma, lo es. Pero, en fin...
Es uno de los pocos poemas que sobreviven de Petronio (el del Satiricón). ¿Por qué este poema y no otro? No tengo idea. Es el que empieza "Parvula securo tegitur mihi culmine sedes / uvaque plena mero fecunda pendet ab ulmo..." (para quien quiera buscarlo) y ésta es la traducción de una traducción; o sea la malversación de una malversación:
*
La casa pequeña y el techo silencioso del árbol, la sombra
Del olmo, las uvas en las viñas y las cerezas madurando;
Las manzanas rojas en el huerto, el árbol de Palas
Brotando aceitunas y la tierra bien regada.
Y campos de col y de malva, pesada y reptante,
Y amapolas que seguramente me traerán el sueño.
Y si voy en busca de pájaros o del tímido ciervo
o a pescar truchas con mi caña, esa es toda la astucia
que mis pobres campos conocen.
Así que andate ahora: andá y vendé tu vida, tu vida leve
y el tiempo que huye, a cambio de suntuosas fiestas.
Si a mí también me espera el final, yo sólo pido
que me encuentre acá, y que acá me pida
Las cuentas de los días, de las horas consumidas.
*
De hecho, ahora que crecí un poco, y que pasó el tiempo, y que empiezo a ver más claramente el arco que toda vida traza (de vuelta: Munchhausen montado en una bala de cañón, cruzando el cielo) entiendo el plan sutil que papá ideó: la hoja que él me dió está hecha de tiempo. 4.115 gramos es lo que pesan estos tres momentos (más adelante entrará alguno más): 1. el de mi niñez, cuando la hoja llegó a mis manos. 2. éste, en el que finalmente la leo. 3. aquel instante futuro al que se refiere el poema.
Les dije que era poca cosa. Hay otras —porque en realidad no era esto lo que quería contar cuando empecé— pero hoy las cosas me eluden un poco... (Pasa que leyendo lo de la vez pasada me acordé de mis viejos... Me daban ganas de preguntarles si fueron felices—"Una de las preguntas más imbéciles que se hayan inventado", arremetió el Pulpo cierta vez. "Por eso llevo un puñado de tierrita en el bolsillo: para soplársela en la cara al primero que pregunte. Soplársela y decirle que sí, por supuesto".)
Pero estábamos hablando del día en que fui a ver al Pulpo y en el que este blog finalmente vió la luz.
(continuará...)
(lo prometo, como dijo Judas...)
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