Esta vez decidí no acudir al Pulpo, al Pulpo displicente y maniático, y resolver las cosas a mi modo. Saqué mi libreta. Reflexioné. Anoté: "Aquí comienza la Vida Nueva". Me detuve. Lindo. Original. Pero no lo suficientemente preciso. Taché. Escribí: "Planificamiento/ación de Estrategias y/o del Resto de Mi Vida/Existencia/Sonambulismo." Taché. Escribí: "Itemización de prioridades vitales." Releí. Nada mal, nada mal. Taché. Escribí: "Lista". Mejor. Y después:
Punto 1: Averiguar quiénes son los visitantes de anoche. [Ver capítulo anterior]
Punto 2: ...
No pude pensar en nada más.
Pasos a seguir:
1ero: Hacer un blog para despistarlos, para ganar tiempo.
2ndo: No hablar con el Pulpo. Bajo ningún concepto. No confiable. Jamás.
En ese momento sonó el teléfono. Atendí:
"Estoy desesperado "—(la voz del Pulpo)—"Al borde del colapso, del abismo mismo..."
Su tono derrotado me ablandó. Un amigo... en apuros... ya se sabe... y yo no pude más que...
"Bueno, calma, respirá hondo", le dije. "Llamo a los médicos... Voy para allá... No hagas una locura... ¿Tan mal estás?"
"No. Mentira. Pero quiero mirar la tele y Zenón no aparece..."
(Zenón es el hamster del Pulpo, de quien depende la electricidad de la casa. Es decir, el hamster corre en una rueda tratando de alcanzar la semilla de girasol, y este movimiento, por medio de dispositivos y cableados minuciosos, suministra la preciosa energía que ilumina los quehaceres y desquehaceres del Pulpo. Mejor sería dejar todo a oscuras, dirán, pero es su vida, e igualmente ya expliqué todo esto en el capítulo tercero, que todo el mundo debería consultar. Ahora, yo no quiero digredir, porque a mí me enseñaron que la digresión es cosa fea, pero me gustaría decir..., un momento..., me gustaría decir que no puedo estar permanentemente explicando cosas que ya expliqué en capítulos anteriores, porque si yo tuviese que interrumpir a cada rato el hilo de la historia sería una cosa de nunca acabar, y a pesar de que yo entiendo que la gente lee blogs como y por donde se le antoja, sería mejor y muy apreciado que todos los lectores que nos van a estar siguiendo, digamos, de acá a tres años —unos 300.000 aproximadamente, según el Pulpo — se pusiesen de acuerdo y empezaran a leer desde ahora, así ya no harán falta más notas, ni referencias a capítulos ni actos anteriores, y todos podremos enfocar nuestra atención exclusivamente en los hechos narrados y su decurso, como corresponde, y no andar interrumpiendo, ni digrediendo, o digresionando, que es una cosa espantosa, antiética y espuria, costumbre de malos escritores y, según mi agente literario, para nada comercial, porque dispersa la atención del lector, él sabrá, por algo vive de eso, aunque también dice que el sistema editorial no da para más, y que el auto que se compró al final es una porquería y que mejor sería tener un dromedario, que no consume nafta y come cualquier cosa que logra arrebatarle a los niñitos, pero sobre todo que hay que evitar la digresión como se evitan las deudas, el cólera y las ex-parejas, porque si no se va todo al muere, al mismísimo demonio, por lo que nunca, nunca, nunca hay que digredir—yo recuerdo una mañana de invierno, en mi tierna edad —era sábado, hacía frío, desde la ventana podía ver los carámbanos cristalizados en las canaletas y los techos de las casas vecinas, destilando la luz hacia el vidrio helado y haciéndola brillar en círculos contra el azul silencioso del cielo, los carámbanos dije, esos pedacitos de hielo puntiagudo, colgados de ramas, tejas y barandas como pequeños murciélagos transparentes, y que, al producirse ciertas variaciones ascendentes en la temperatura atmosférica, empiezan a derretirse y generalmente le dejan caer a uno una gota justo en la nuca, enfriándole los pensamientos y dándonos un justificativo para detestar el mundo —como si faltaran— podría proveerles una lista de justificativos, yo, más larga que la guía telefónica — y no sólo los carámbanos, ¡Los Polos!, así como lo oyen, me dicen que los Polos también se están derritiendo ¡No es un invento! — y ese sería el menor de los problemas — podría explicarles perfectamente por qué es el menor de los problemas, no son argumentos los que me faltan, no, no, no, pero no quiero irme por las ramas, cada cosa en su momento — porque aquel día de invierno, en los años tiernos de mi infancia — la infancia termina a eso de los 11, 12 años... 13 para algunos... 14 en mi caso — aquel día de invierno ningún temor por el derretimiento de los carámbanos podía turbarme, y estaba disfrutando de la claridad adormecida que entraba por la ventana, y de la congregación de mantas sobre mi cuerpo, cuando entró mi padre, sosteniendo en sus manos afiladas uno de mis cuadernos del colegio.
"¿Qué significa esto?", preguntó.
Yo levanté los hombros en señal universal de incomprensión. ¡Paf! En la cabeza, con el revés del cuaderno.
"Repito...", dice manteniendo su tono tranquilo y correcto.
(Debo aclarar que para mi padre el castigo físico no era un castigo en sí, sino un método de enseñanza, y que aplastarme los dedos en la puerta, o colgarme de los pies en pinos estrictos y pinchudos, eran artificios que aplicaba sin ninguna especie de resentimiento personal y con una calma y un razonamiento ejemplares. Quería resaltar eso. Le debo mucho a mi padre.)
"¿Qué significa esto?", insiste.
"No sé", digo. ¡Paf! El cuaderno era rojo, cuadriculado y de tapas duras, forradas con ilustraciones de la guerra de la Triple Alianza. (Siempre hay alguien que necesita detalles).
"¿Qué significa esto?", repite, con su voz calma y amable.
"Nada", contesto. ¡Paf! Anillos de metal tenía, también, el cuaderno.
"Esto..." Fíjense cómo mi padre abrevia lúcidamente la pregunta, porque ya adivina que yo empiezo a entender de qué se trata la cosa. Gran jugador de ajedrez, mi padre.
¡Paf! Esa fue porque tardé en contestar. Era un cuaderno precioso... Si lo hubiesen visto...
"3 en Matemática..., 2 en Dibujo...", enumeró.
Empecé a excusarme, a explicar que la maestra de Matemática no me quería, que la de Dibujo era una vieja feísima, la de Literatura una comunista —era otra época, se entiende, me agarraba a cualquier posibilidad—, el de historia un cocalero, y que... Mi padre me detuvo.
"No digreda", dijo, levantando un dedo.
"Pero... yo...".
"Es muy feo digredir. Cosa de ateos. A ver, conjúgueme el verbo 'digredir'".
"Yo... dig... gredo... Tú digredes... El digrede...", (fui tomando impulso), "Nosotros digredimos... Ustedes digresian... digreden... Ellos digreden..." Bastante bien, creo.
"Y en la Península Ibérica...", insistió mi padre, fiel a su ideal pedagógico. "¿Cómo dirían en la Península Ibérica?"
Yo no sabía qué era una península. Mucho menos una ibérica... Mi padre mostró clemencia. Me ayudó un poco:
"Vosotros... di-gre...
"¿-déis?..."
"-di-is... ¿Está claro? Entoces, ¿qué hemos aprendido hoy?"
No me animé a contestar.
"Que digredir", sentenció mi padre, "es una falta de respeto".
Y para que no olvidara la lección, me pinchó la pierna con un alfiler. Desde entonces aprendí a no digredir.)
"Zenón no aparece...", dice el Pulpo [Zenón es el hamster del Pulpo, no sé si lo dije]. "Puse lechuguitas por todos lados... y nada... ¿No se da cuenta, el ingrato, de cuánto lo quiero? Lo llamo... ¡Zenón! ¡Zenón!... y no contesta... Voy a probar con veneno. ¿Debería probar con veneno?"
"No hagas nada. Quedate en paz", le dije. "Voy a tu casa y te ayudo a buscarlo. ¿Está bien?".
"No... no hace falta... dejá... para qué... todo es en vano... ¿A qué hora venís?"
"En cuanto pueda, Pulpini. No sé, en un rato."
"¿Antes no podés?"
"Es que tengo que trabajar, Pulpo. Yo trabajo ¿sabés? Así que me voy a hacer una escapada, en algún momento, sólo para darte una mano. ¿Está bien? ¿Es suficiente? ¿Pulpo? ¿Estás ahí?"
Sólo el tono vacío del teléfono. Parecía que había estado hablando solo.
Me calzé los botines, agarré mi mochila, y salí hacia el amplio día inabarcable. ¿Qué destino sorpresivo, qué nuevas aventuras me traería?...
Para empezar, ni bien cerré la puerta descubrí que me había dejado las llaves adentro de casa. De pronto adiviné que la jornada sería larga... y el retorno más largo aun, largo y penoso...
(continuará...)
20 junio, 2006
23 mayo, 2006
Cap. 4: UNA VISITA INESPERADA
Cierta noche desperté de un sueño intranquilo para encontrar sentados a los pies de mi cama a dos sujetos de aspecto porfiado y mezquino. Ambos vestían saco, guantes, corbata, sombrero y anteojos negros; y podría decir que eran idénticos (como una cucaracha es idéntica a otra), si no fuese porque uno era corto y macizo, y el otro alto y delgado como una antena. Este último dijo:
"Sos un listillo ¿no Mac? Un tipo vivo ¿eh? Un hombre de genio. Es un hombre de genio ¿no?", y golpeó con el codo al más gordo, que parecía dormitar y que después de unos instantes confirmó, "De genio, sí... muy listo".
"Creo que ya fuiste... digamos... incentivado... para hacer un blog..."
"Incentivado, sí... blog...", apoyó el gordo.[Ver 'posts' anteriores]
"Y creo que sabés que hay que hacerlo... digamos... ¿Cuál es la palabra?..."
"Raudamente...", dijo el otro.
"Eso... 'raudalente'. ¿Y sabés qué significa 'raudalente'? ¿Sabés...? Que al jefe no le gustan los lentos".
Eso les pareció muy gracioso y los dos se quebraron en una risa que parecía esa tos inventada por las infecciones pulmonares.
"Al jefe no le gusta esperar", siguió el alto. "Se pone inquieto cuando espera, se pone ansioso, empieza a cortar dedos, sí. Tiene que ser un blog exitoso. Muchas visitas diarias".
"¿Cien? ¿Cientoveinte?", arriesgué.
"Cincuenta mil. Cien mil", dijo el alto.
"Mínimo", dijo el otro.
"Queremos un lugar donde publicitar nuestros... ¿cómo llamarlos?..."
"¿Productos?", pregunté.
"Manufacturas", dijo uno.
"Manufacturas", confirmó el otro.
"¿Y cómo hago para que cien mil personas visiten el blog cada día?", pregunté.
"Ese es tu... problema... Sos un vivo ¿no?... Sos un tipo vivo ¿no?"
"¿Pornografía?", pregunté. Se miraron.
"Al jefe no le gusta la pr..., la pro..., la sicalipsis...", dijo uno.
"Ni la concuspiscencia", dijo el otro.
"Al jefe le gusta ser sorprendido... digamos... gratamente".
"Cuando es sorprendido... ingratamente ¿Qué ocurre entonces, Mac?". Insistían en llamarme Mac. No me llamo Mac, nunca nadie me había llamado Mac.
"¿Qué ocurre, eh, eh? ¿Whats?", se exasperó el gordo. Escupía en cada "s".
Entonces el otro hizo la forma de una tijera con los dedos de la mano derecha, la acercó al índice de la mano izquierda y, "Zziip", dijo. "¿Se entiende? Zziip", repitió. Hizo descender su dedo, zumbando y trazando círculos en el aire como una mosca, hasta que "poc", lo dejó inerte en el piso. Bastante gráfico.
(Continuará...)
"Sos un listillo ¿no Mac? Un tipo vivo ¿eh? Un hombre de genio. Es un hombre de genio ¿no?", y golpeó con el codo al más gordo, que parecía dormitar y que después de unos instantes confirmó, "De genio, sí... muy listo".
"Creo que ya fuiste... digamos... incentivado... para hacer un blog..."
"Incentivado, sí... blog...", apoyó el gordo.[Ver 'posts' anteriores]
"Y creo que sabés que hay que hacerlo... digamos... ¿Cuál es la palabra?..."
"Raudamente...", dijo el otro.
"Eso... 'raudalente'. ¿Y sabés qué significa 'raudalente'? ¿Sabés...? Que al jefe no le gustan los lentos".
Eso les pareció muy gracioso y los dos se quebraron en una risa que parecía esa tos inventada por las infecciones pulmonares.
"Al jefe no le gusta esperar", siguió el alto. "Se pone inquieto cuando espera, se pone ansioso, empieza a cortar dedos, sí. Tiene que ser un blog exitoso. Muchas visitas diarias".
"¿Cien? ¿Cientoveinte?", arriesgué.
"Cincuenta mil. Cien mil", dijo el alto.
"Mínimo", dijo el otro.
"Queremos un lugar donde publicitar nuestros... ¿cómo llamarlos?..."
"¿Productos?", pregunté.
"Manufacturas", dijo uno.
"Manufacturas", confirmó el otro.
"¿Y cómo hago para que cien mil personas visiten el blog cada día?", pregunté.
"Ese es tu... problema... Sos un vivo ¿no?... Sos un tipo vivo ¿no?"
"¿Pornografía?", pregunté. Se miraron.
"Al jefe no le gusta la pr..., la pro..., la sicalipsis...", dijo uno.
"Ni la concuspiscencia", dijo el otro.
"Al jefe le gusta ser sorprendido... digamos... gratamente".
"Cuando es sorprendido... ingratamente ¿Qué ocurre entonces, Mac?". Insistían en llamarme Mac. No me llamo Mac, nunca nadie me había llamado Mac.
"¿Qué ocurre, eh, eh? ¿Whats?", se exasperó el gordo. Escupía en cada "s".
Entonces el otro hizo la forma de una tijera con los dedos de la mano derecha, la acercó al índice de la mano izquierda y, "Zziip", dijo. "¿Se entiende? Zziip", repitió. Hizo descender su dedo, zumbando y trazando círculos en el aire como una mosca, hasta que "poc", lo dejó inerte en el piso. Bastante gráfico.
(Continuará...)
28 abril, 2006
Cap. 3: EL MEDIO ES EL MENSAJE
Un par de días después [ver capítulo anterior], un golpe receloso en la puerta llamó mi atención. Cuando abrí no vi a nadie y pensé que era otra treta jugada por mi intrépido cerebro, hasta que sentí una espontánea depresión en un pie, después en el otro, y esa sensación se tradujo en dolor. Bajé los ojos y descubrí la causa de mi desgracia.
Un chiquito, con la nariz aureolada de mocos, se concentraba en una generosa donación de pisotones, como si de esa misión dependiese el destino del mundo. De un empujoncito lo senté en el piso, pero debía tener resortes en lugar de nalgas porque al segundo estaba erguido otra vez. Debo reconocer que me asusté. Pensé que iba a pisarme de nuevo.
En lugar de eso me echó una mirada de desprecio y me alcanzó un papel. El Pulpo, obviamente, que encuentra maneras cada vez más baratas y distantes de comunicarse. Sentí pena por el mensajero, después de todo era solamente un chico. Me agaché hasta su altura.
"¿Querés galletitas?¿Eh?¿Galletitas y un vaso de Coca-Cola?¿Sí?"
Su silencio filoso era todo lo que estaba dispuesto a darme. Abrumado, quise cerrar la puerta, pero su pequeño pie estricto me lo impidió. Comprendí. Saqué un dólar del bolsillo, se lo entregué. El pie seguía firme. Le dí un dólar más. Otro. Escupió en el piso y desapareció por la escalera.
El papel era un telegrama, pero no estaba escrito a máquina. En su caligrafía lamentable, el Pulpo decía:
nene caca.stop.hay millones de blogs.stop.nadie los lee.stop.the dream is.stop. over.stop.sefiní.stop.los únicos que quedan.comma.sus autores no ven más allá de sus ombligos.recontrastop.ya son noting.stop.perdón.stop.quise decir nothing.stop.fósiles digitales.stop.Zenón se escapó de la jaulita.stop.debo irme.stop.over.
Zenón es el hamster del Pulpo. Le gusta verlo desquiciarse en esa rueda fija. Una semilla de girasol se balancea en la parte de arriba mientras Zenón pugna ahí abajo, sudando su sudor de hamster. Claro que el Pulpo, que no desaprovecha nada, pergeňó un mecanismo para que el movimiento de la rueda le proporcione energía a su lamparita eléctrica, bajo la cual reparte su ocio y sus obsecuencias.
Fui hasta la computadora y le mandé un email: “Un nene me dejó tu mensaje asqueroso. ¿Por qué siempre tus manejos patéticos? ¿Por qué no usar la web, como una persona civilizada?”
Al minuto recibí lo siguiente: “No contesto emails. Me ne frega la internet.”
Imprimí mi mensaje tal cual era. Compré estampillas, fui hasta el correo, envié la carta.
Tres días más tarde el mismo chico apareció con la respuesta. Esta vez fui cauteloso, lo mantuve a raya esgrimiendo los tres dólares desde el principio.
El papel decía: “este sistema es más humano.stop.estoy sin luz.stop.qué pelotudos que son los hamster.stop.”
Por la tarde envié una carta certificada diciendo: “Estás demente”.
Su respuesta tardó dos días: “puede ser.stop.¿no son unos pelotudos los hamster?.stop.post data.stop.cuidado,el párvulo muerde.full stop.”
Tuve que buscar “párvulo” en el diccionario, pero no voy a facilitarle la tarea a nadie.
Con tantas idas y venidas, los temores del comienzo [ver Capítulo 1] se fueron disipando, las amenazas se disolvieron en el recuerdo, vinieron días más calmos. Lucette se quedó conmigo una semana. Había estado fotografiando algunos parques de EEUU, pero justo fue en la época de las manifestaciones de inmigrantes; así que de atrás de cada malvón brotaba un mexicano, y entre los rosales se descubrían chinos con abanicos y gamberros de la india, transaccionando maní.
Había, incluso, una foto muy linda de un colibrí en pleno vuelo, mezclando el color rojizo de sus alas con las gotas doradas de una fuente, sobre la cual estaba a punto de posarse a beber; y todo en la imagen era muy leve y delicado, salvo que desde el fondo un serbo-croata, con los pantalones bajos, meneaba un trasero pálido y tranquilo como una luna sobre el Adriático.
Lucette se fue para continuar su trabajo, y yo me quedé un poco más contento y tranquilo, por lo que decidí que no necesitaba escribir un blog en absoluto, y que no iba a hacerlo.
Hasta que algo inesperado sucedió.
(Continuará...)
Un chiquito, con la nariz aureolada de mocos, se concentraba en una generosa donación de pisotones, como si de esa misión dependiese el destino del mundo. De un empujoncito lo senté en el piso, pero debía tener resortes en lugar de nalgas porque al segundo estaba erguido otra vez. Debo reconocer que me asusté. Pensé que iba a pisarme de nuevo.
En lugar de eso me echó una mirada de desprecio y me alcanzó un papel. El Pulpo, obviamente, que encuentra maneras cada vez más baratas y distantes de comunicarse. Sentí pena por el mensajero, después de todo era solamente un chico. Me agaché hasta su altura.
"¿Querés galletitas?¿Eh?¿Galletitas y un vaso de Coca-Cola?¿Sí?"
Su silencio filoso era todo lo que estaba dispuesto a darme. Abrumado, quise cerrar la puerta, pero su pequeño pie estricto me lo impidió. Comprendí. Saqué un dólar del bolsillo, se lo entregué. El pie seguía firme. Le dí un dólar más. Otro. Escupió en el piso y desapareció por la escalera.
El papel era un telegrama, pero no estaba escrito a máquina. En su caligrafía lamentable, el Pulpo decía:
nene caca.stop.hay millones de blogs.stop.nadie los lee.stop.the dream is.stop. over.stop.sefiní.stop.los únicos que quedan.comma.sus autores no ven más allá de sus ombligos.recontrastop.ya son noting.stop.perdón.stop.quise decir nothing.stop.fósiles digitales.stop.Zenón se escapó de la jaulita.stop.debo irme.stop.over.
Zenón es el hamster del Pulpo. Le gusta verlo desquiciarse en esa rueda fija. Una semilla de girasol se balancea en la parte de arriba mientras Zenón pugna ahí abajo, sudando su sudor de hamster. Claro que el Pulpo, que no desaprovecha nada, pergeňó un mecanismo para que el movimiento de la rueda le proporcione energía a su lamparita eléctrica, bajo la cual reparte su ocio y sus obsecuencias.
Fui hasta la computadora y le mandé un email: “Un nene me dejó tu mensaje asqueroso. ¿Por qué siempre tus manejos patéticos? ¿Por qué no usar la web, como una persona civilizada?”
Al minuto recibí lo siguiente: “No contesto emails. Me ne frega la internet.”
Imprimí mi mensaje tal cual era. Compré estampillas, fui hasta el correo, envié la carta.
Tres días más tarde el mismo chico apareció con la respuesta. Esta vez fui cauteloso, lo mantuve a raya esgrimiendo los tres dólares desde el principio.
El papel decía: “este sistema es más humano.stop.estoy sin luz.stop.qué pelotudos que son los hamster.stop.”
Por la tarde envié una carta certificada diciendo: “Estás demente”.
Su respuesta tardó dos días: “puede ser.stop.¿no son unos pelotudos los hamster?.stop.post data.stop.cuidado,el párvulo muerde.full stop.”
Tuve que buscar “párvulo” en el diccionario, pero no voy a facilitarle la tarea a nadie.
Con tantas idas y venidas, los temores del comienzo [ver Capítulo 1] se fueron disipando, las amenazas se disolvieron en el recuerdo, vinieron días más calmos. Lucette se quedó conmigo una semana. Había estado fotografiando algunos parques de EEUU, pero justo fue en la época de las manifestaciones de inmigrantes; así que de atrás de cada malvón brotaba un mexicano, y entre los rosales se descubrían chinos con abanicos y gamberros de la india, transaccionando maní.
Había, incluso, una foto muy linda de un colibrí en pleno vuelo, mezclando el color rojizo de sus alas con las gotas doradas de una fuente, sobre la cual estaba a punto de posarse a beber; y todo en la imagen era muy leve y delicado, salvo que desde el fondo un serbo-croata, con los pantalones bajos, meneaba un trasero pálido y tranquilo como una luna sobre el Adriático.
Lucette se fue para continuar su trabajo, y yo me quedé un poco más contento y tranquilo, por lo que decidí que no necesitaba escribir un blog en absoluto, y que no iba a hacerlo.
Hasta que algo inesperado sucedió.
(Continuará...)
23 abril, 2006
Cap. 2: ENTRA (O CASI) EL PULPO
El Pulpo, pensé. Dos días enteros intenté dar con una idea para un blog sin otro resultado que la avería de un ojo por rascado excesivo y una ligera tosecita asmática, normal en épocas de stress.
No sé si lo dije. Vivo en Nueva York desde 1999. Lucette a veces viene, aunque en general ella vive en otros lados. Es fotógrafa, viaja. Cuando se queda conmigo, paga parte del alquiler, si no pago yo solo. Hay que estar preparado. Tengo dos trabajos: de día paseo perros, de noche me arrastro en la cocina de un restaurante. Mi sueño es ser agente secreto, o mejor un investigador privado, tipo Holmes o Marlowe. Esto es para que se hagan una idea.
Vuelvo a lo que importa. Era de mañana, temprano. No había dormido en dos días. Me dolían todos esos huesos de los que no sé el nombre, me sentía miserable.
El Pulpo. Así como estaba me regurgité a la calle. El sol cegaba, el asfalto cegaba, todo cegaba. El único que puede ayudarme, pensé, es el Pulpo.
Ahora, el Pulpo (o "Pulppo", como dice llamarse) tiene sus cosas. Lo conozco de hace tiempo. Es decir, antes era un simple conocido. Acá, en Nueva York, el exilio fabricó lo que a la naturaleza ni se le habría ocurrido: somos amigos. O casi.
Aunque vivió en Argentina no es originalmente de allá. Lo sé porque el acento no cierra del todo. Tropieza en las 'erres' y sus 'pes' van acompañadas de tensas escupidas en staccatto.
El Pulpo es unos años mayor que yo, eso es seguro, y tiene lo que las ancianas en las verdulerías y los escritores de novelas llaman un "pasado", cosas que ocultar. Nunca quise averiguar mucho. El Pulpo vino de lejos. Quizá hasta sea un ser humano. No sé. Vino de lejos. Habla poco. A veces no habla nada. Tiene mal genio. Es un Pulpo con pocas pulgas.
Vive en un sótano de Brooklyn. Sale poco. Vive rodeado de cables. Tres monitores y cuatro impresoras zumban sin parar. El Pulpo calcula, organiza. A un costado tiene un Atari también. A veces juega al Pac-man. Dice que le trae recuerdos, que es un diagrama de la vida. El resto de la casa son libros. Pilas y pilas, de todo tamaño y color. Hay algunos que tienen fotos, pero esos mejor olvidarlos. "Hay que pasar el invierno", dice.
Cuando digo que "dice", a veces quiero decir que "escribe". Manotea lentamente el teclado, deja caer primero un seudópodo, después algún otro, y mientras tanto me vigila con un ojo. Mira la pantalla, mete una letra, para, te mira con un ojo; mira la pantalla, mete una letra, para, y así. Después se queja porque me exaspero. Lo hace a propósito, para molestar. Su indolencia lo lleva al punto de no querer usar sus cuerdas vocales. "Mi padre era tenor", miente. "Me enseñó a cuidarlas".
Pero cuando el exasperado es él, muge a toda velocidad, con esa voz de cactus que le espina la garganta y todos los oídos alrededor.
Chupa permanentemente un bombilla. ¿Qué será? ¿Coca? ¿Mate? Puede ser. Puede que no.
La cuestión es que fui a verlo a él, porque él sabe de computadoras y eso. Quería explicarle que tenía que hacer un blog, que estaba obligado a hacerlo (ver 'post' anterior), que necesitaba su ayuda porque no me alcanza el tiempo, con los dos trabajos y todo...
Golpeé la puerta dos o tres veces, la última gritando su nombre para estar seguro, pero no hubo respuesta. Que el Pulpo no esté en casa es raro. Tan frecuente como un eclipse de sol, o menos. No tuve más remedio que sentarme a esperar que apareciera.
Todo el día esperé, haciendo un par de 'breaks' para comer un sánguche y usar el baño del bar de la esquina. Después daba la vuelta, bajaba la escalera a la derecha del edificio, donde guardan los tachos de basura, me metía por la 'salida de incendio' y bajaba un poco más hasta la puerta del Pulpo. Cada vez que volvía llamaba de nuevo, por si las dudas. Así se fue todo el domingo, el único día libre que tenía.
Acabo de buscar la palabra sinuoso en el diccionario: curvo, serpenteante, quebrado, zigzagueante, tortuoso, retorcido. El Pulpo es sinuoso.
Al final, a eso de las diez de la noche, me dí por vencido y decidí volver a casa. Con un resto de furia impotente, le encajé una última patada a la puerta, escoltada por un insulto.
"¿Por qué no te dejás de molestar, querido?", dijo una voz desde adentro. El Pulpo, obviamente. Después de los obvios reproches, que abrevié por saberlos inútiles contra el Pulpo, le expliqué brevemente la historia del blog.
"Dejame pasar", rogué.
"Hoy no puedo. Estoy haciendo mis cosas", respondió.
Ahora, qué es eso que el Pulpo llama sus cosas, yo no quiero saberlo.
"Hablamos mañana. No. La semana que viene", dijo y escuché sus pasos alejarse. Era una simulación.
"Pulpo, seguís ahí ¿no?"
"Psé..."
"Oíme, Pulpo, no puedo esperar hasta la semana que viene..."
"La semana que viene es buey", dijo. Buey. Otro pulpismo. Seguramente por 'buena'. Supongo. Es uno de sus trucos para cortar una discusión. Mete una palabra sacada de la manga y te descoloca, produce un vacío, y el hilo de la conversación se disuelve, se pierde. No hubo más preguntas.
Salí hacia la noche y el final del invierno. En la calle lloviznaba, en casa me esperaban dos mensajes en el contestador: una publicidad de cruceros en el caribe y un aviso de desconexión si no pagaba la cuenta en tres días.
Y todavía tenía qué pensar sobre qué hacer un blog.
(Continuará...)
No sé si lo dije. Vivo en Nueva York desde 1999. Lucette a veces viene, aunque en general ella vive en otros lados. Es fotógrafa, viaja. Cuando se queda conmigo, paga parte del alquiler, si no pago yo solo. Hay que estar preparado. Tengo dos trabajos: de día paseo perros, de noche me arrastro en la cocina de un restaurante. Mi sueño es ser agente secreto, o mejor un investigador privado, tipo Holmes o Marlowe. Esto es para que se hagan una idea.
Vuelvo a lo que importa. Era de mañana, temprano. No había dormido en dos días. Me dolían todos esos huesos de los que no sé el nombre, me sentía miserable.
El Pulpo. Así como estaba me regurgité a la calle. El sol cegaba, el asfalto cegaba, todo cegaba. El único que puede ayudarme, pensé, es el Pulpo.
Ahora, el Pulpo (o "Pulppo", como dice llamarse) tiene sus cosas. Lo conozco de hace tiempo. Es decir, antes era un simple conocido. Acá, en Nueva York, el exilio fabricó lo que a la naturaleza ni se le habría ocurrido: somos amigos. O casi.
Aunque vivió en Argentina no es originalmente de allá. Lo sé porque el acento no cierra del todo. Tropieza en las 'erres' y sus 'pes' van acompañadas de tensas escupidas en staccatto.
El Pulpo es unos años mayor que yo, eso es seguro, y tiene lo que las ancianas en las verdulerías y los escritores de novelas llaman un "pasado", cosas que ocultar. Nunca quise averiguar mucho. El Pulpo vino de lejos. Quizá hasta sea un ser humano. No sé. Vino de lejos. Habla poco. A veces no habla nada. Tiene mal genio. Es un Pulpo con pocas pulgas.
Vive en un sótano de Brooklyn. Sale poco. Vive rodeado de cables. Tres monitores y cuatro impresoras zumban sin parar. El Pulpo calcula, organiza. A un costado tiene un Atari también. A veces juega al Pac-man. Dice que le trae recuerdos, que es un diagrama de la vida. El resto de la casa son libros. Pilas y pilas, de todo tamaño y color. Hay algunos que tienen fotos, pero esos mejor olvidarlos. "Hay que pasar el invierno", dice.
Cuando digo que "dice", a veces quiero decir que "escribe". Manotea lentamente el teclado, deja caer primero un seudópodo, después algún otro, y mientras tanto me vigila con un ojo. Mira la pantalla, mete una letra, para, te mira con un ojo; mira la pantalla, mete una letra, para, y así. Después se queja porque me exaspero. Lo hace a propósito, para molestar. Su indolencia lo lleva al punto de no querer usar sus cuerdas vocales. "Mi padre era tenor", miente. "Me enseñó a cuidarlas".
Pero cuando el exasperado es él, muge a toda velocidad, con esa voz de cactus que le espina la garganta y todos los oídos alrededor.
Chupa permanentemente un bombilla. ¿Qué será? ¿Coca? ¿Mate? Puede ser. Puede que no.
La cuestión es que fui a verlo a él, porque él sabe de computadoras y eso. Quería explicarle que tenía que hacer un blog, que estaba obligado a hacerlo (ver 'post' anterior), que necesitaba su ayuda porque no me alcanza el tiempo, con los dos trabajos y todo...
Golpeé la puerta dos o tres veces, la última gritando su nombre para estar seguro, pero no hubo respuesta. Que el Pulpo no esté en casa es raro. Tan frecuente como un eclipse de sol, o menos. No tuve más remedio que sentarme a esperar que apareciera.
Todo el día esperé, haciendo un par de 'breaks' para comer un sánguche y usar el baño del bar de la esquina. Después daba la vuelta, bajaba la escalera a la derecha del edificio, donde guardan los tachos de basura, me metía por la 'salida de incendio' y bajaba un poco más hasta la puerta del Pulpo. Cada vez que volvía llamaba de nuevo, por si las dudas. Así se fue todo el domingo, el único día libre que tenía.
Acabo de buscar la palabra sinuoso en el diccionario: curvo, serpenteante, quebrado, zigzagueante, tortuoso, retorcido. El Pulpo es sinuoso.
Al final, a eso de las diez de la noche, me dí por vencido y decidí volver a casa. Con un resto de furia impotente, le encajé una última patada a la puerta, escoltada por un insulto.
"¿Por qué no te dejás de molestar, querido?", dijo una voz desde adentro. El Pulpo, obviamente. Después de los obvios reproches, que abrevié por saberlos inútiles contra el Pulpo, le expliqué brevemente la historia del blog.
"Dejame pasar", rogué.
"Hoy no puedo. Estoy haciendo mis cosas", respondió.
Ahora, qué es eso que el Pulpo llama sus cosas, yo no quiero saberlo.
"Hablamos mañana. No. La semana que viene", dijo y escuché sus pasos alejarse. Era una simulación.
"Pulpo, seguís ahí ¿no?"
"Psé..."
"Oíme, Pulpo, no puedo esperar hasta la semana que viene..."
"La semana que viene es buey", dijo. Buey. Otro pulpismo. Seguramente por 'buena'. Supongo. Es uno de sus trucos para cortar una discusión. Mete una palabra sacada de la manga y te descoloca, produce un vacío, y el hilo de la conversación se disuelve, se pierde. No hubo más preguntas.
Salí hacia la noche y el final del invierno. En la calle lloviznaba, en casa me esperaban dos mensajes en el contestador: una publicidad de cruceros en el caribe y un aviso de desconexión si no pagaba la cuenta en tres días.
Y todavía tenía qué pensar sobre qué hacer un blog.
(Continuará...)
21 abril, 2006
Capítulo 1: LEY DE MURPHY, NUEVAS APLICACIONES
Todas las personas infelices son infelices de la misma manera; todos las personas felices, son felices cada cual a su modo. Por ejemplo, aquella tarde yo era feliz por la azarosa combinación de no tener que trabajar en horario nocturno y de llevar un par de zapatillas nuevas bajo el brazo, golosamente saboreando el final de mis callos, fungosidades y talones ampollados. Pero todo terminó, ay, muy rápidamente.
Estaba casi llegando a mi casa cuando los detecté. Los había visto una o dos veces, probablemente en alguna de esas fiestas insondables que fabrican mis amigos, pero no los conocía. Se movían en grupo, imposible definir el número, ruidosos, ajenos a todo lo que no empujaran o aplastaran con el pie. Quise hacerme el distraído, pero muy pronto una mano y después otra me pesaron sobre el hombro.
"¿Por qué no hacés un blog?", me dijeron. "Dale, hacé un blog, todo el mundo tiene un blog, un blog es lo más".
"¿Un qué?", pregunté.
"Un blog", explicaron, "uno de esos cosos que escribís en internet". Me confundí por un momento, pensé que era una propuesta.
"Y... ¿cuánto pagan?", me descolgué. Se rieron.
"No, plata no hay", dijeron, "pero ponele que contás tu vida, las cosas que te pasan, a todos nos pasan cosas ¿no?" Asentí con reserva.
"Bueno", siguieron, "entonces ponele que hoy, no sé, te levantaste y el precio de la manteca aumentó. Entonces agarrás y hacés un berrinche ahí, por escrito, y te desquitás todo lo que querés. Si estás deprimido, los deprimís a todos. Si estás enojado porque el tren vino tarde, vas y puteás ahí, contra el estáblishment. El blog es la libertá ¿entendés?, la libertá misma. Así que vas a hacer uno".
Hubo un silencio incómodo en donde esa última frase se hizo casi visible y palpable: las palabras cambiaban de forma mientras su sonido se deshacía en el aire, como pedazos de humo. Poco antes de desaparecer por completo les crecieron dientes, lo juro.
"Por ejemplo", dijeron, "hay uno que escribe sobre las minas que acuesta; pero después hay otro de una tipa que se queja de los hombres, y da consejos de cómo vengarse de los ex-novios ¿entendés?" Lo explicaban extasiados, como si me estuviesen mostrando un animal mitológico. Aunque, pensé, si tuviesen adelante suyo un unicornio, probablemente le pondrían "Winner" y lo venderían en el hipódromo.
"Después hay como mil que comentan las noticias de los diarios, las revistas..." Empezaron a enumerar con los dedos, pero después del dos se atoraron y cambiaron de tema. "O hablan de la música, de las películas, de lo que se les cante ¿entendés?"
"Es una gansada", interrumpí.
"Callate", dijeron: "El punto es que das a conocer tu vida, hacés oír tu voz—"
"No tengo tiempo", dije y empecé a caminar. La puerta estaba a escasos diez metros. Me cortaron el paso, había enojo en sus maniobras.
"¿Quién sos vos para no tener un blog? ¿No sos habitante de este mundo, vos, acaso? ¿No tenés el mismo derecho que todos los demás? ¿Quién te creés que sos para hacerte el no importante, el marginado, el segregado? Vas a hacer un blog. Es hora. Es el momento. Así de simple."
Ni loco, pensé. "¿Para qué? ¿Un blog para qué?"
"Para nada", dijeron, "para hinchar las pelotas. Un blog, man, un blog, no importa para qué, no importa qué, a nadie le importa qué".
"Si a nadie le importa 'qué', entonces ¿para qué cuernos me voy a poner a hacerlo?", pregunté. Me miraron desconfiados.
"Vos escribís ¿no? Vos sos escritor ¿no?". Pusieron un dedo en mi pecho. Apretaron. De esa pregunta ví colgar un hilo con algo turbio en el fondo. Claro, yo les había pasado dos o tres cosas a mis amigos para que leyeran; sobre todo a mis amigas. Hazte fama... Después por todos lados se jactaban de conocer a uno que escribía. Para quedar bien, me señalaban en los bares, en las reuniones, en las casas de repostería. Yo —el tímido, el humilde— negaba con la cabeza y proponía una sonrisa estudiada, una negación de la negación. Ahora esa confianza ociosa que tenían en mí se había dado vuelta, había viajado hasta gente extraña, distante.
"Sí, claro, claro", respondí. "Quiero ser... escritor..." No fue suficiente. Se miraron. Intenté explicarme. "Pero todavía no veo pará qué hacer un blog—" Me cortaron en seco.
"Para nuestro deleite", dijeron con acidez. No tuve respuesta. "Nos aburrimos", agregaron. Empezaron a alejarse, se dieron vuelta y, con la lentitud de un veneno, gruñeron, "Si no hacés un blog...", y se pasaron un dedo por el cogote, un dedo afilado y con premoniciones de cuchillo.
***
Escritor, escritor. Subí al departamento, fui hasta el cajón. Conté: 23 poemas y 3 cuentos. Uno sin terminar. Esas ridículas 36 páginas me habían mantenido en marcha durante tres años; pero ahora el motorcito empezaba a toser, a pedir combustible. No sé cuántas horas me pasé desmontando y rearmando las navecitas del Lego (me ayuda a pensar) sin que nada se me ocurriera. No podría escribir un blog ni aunque de eso dependiera mi vida, lo cual probablemente sea el caso.
Me acordé de una de las citas del Pulpo. Al Pulpo le gusta citar en caliente, mientras las cosas suceden. Siempre tiene una cita lista, lleva los libros adentro. Una de sus favoritas es esa de Nietzche: "Lo malo del desierto es quedarse sin nafta, brother". Nunca la verifiqué.
(Continuará...)
Estaba casi llegando a mi casa cuando los detecté. Los había visto una o dos veces, probablemente en alguna de esas fiestas insondables que fabrican mis amigos, pero no los conocía. Se movían en grupo, imposible definir el número, ruidosos, ajenos a todo lo que no empujaran o aplastaran con el pie. Quise hacerme el distraído, pero muy pronto una mano y después otra me pesaron sobre el hombro.
"¿Por qué no hacés un blog?", me dijeron. "Dale, hacé un blog, todo el mundo tiene un blog, un blog es lo más".
"¿Un qué?", pregunté.
"Un blog", explicaron, "uno de esos cosos que escribís en internet". Me confundí por un momento, pensé que era una propuesta.
"Y... ¿cuánto pagan?", me descolgué. Se rieron.
"No, plata no hay", dijeron, "pero ponele que contás tu vida, las cosas que te pasan, a todos nos pasan cosas ¿no?" Asentí con reserva.
"Bueno", siguieron, "entonces ponele que hoy, no sé, te levantaste y el precio de la manteca aumentó. Entonces agarrás y hacés un berrinche ahí, por escrito, y te desquitás todo lo que querés. Si estás deprimido, los deprimís a todos. Si estás enojado porque el tren vino tarde, vas y puteás ahí, contra el estáblishment. El blog es la libertá ¿entendés?, la libertá misma. Así que vas a hacer uno".
Hubo un silencio incómodo en donde esa última frase se hizo casi visible y palpable: las palabras cambiaban de forma mientras su sonido se deshacía en el aire, como pedazos de humo. Poco antes de desaparecer por completo les crecieron dientes, lo juro.
"Por ejemplo", dijeron, "hay uno que escribe sobre las minas que acuesta; pero después hay otro de una tipa que se queja de los hombres, y da consejos de cómo vengarse de los ex-novios ¿entendés?" Lo explicaban extasiados, como si me estuviesen mostrando un animal mitológico. Aunque, pensé, si tuviesen adelante suyo un unicornio, probablemente le pondrían "Winner" y lo venderían en el hipódromo.
"Después hay como mil que comentan las noticias de los diarios, las revistas..." Empezaron a enumerar con los dedos, pero después del dos se atoraron y cambiaron de tema. "O hablan de la música, de las películas, de lo que se les cante ¿entendés?"
"Es una gansada", interrumpí.
"Callate", dijeron: "El punto es que das a conocer tu vida, hacés oír tu voz—"
"No tengo tiempo", dije y empecé a caminar. La puerta estaba a escasos diez metros. Me cortaron el paso, había enojo en sus maniobras.
"¿Quién sos vos para no tener un blog? ¿No sos habitante de este mundo, vos, acaso? ¿No tenés el mismo derecho que todos los demás? ¿Quién te creés que sos para hacerte el no importante, el marginado, el segregado? Vas a hacer un blog. Es hora. Es el momento. Así de simple."
Ni loco, pensé. "¿Para qué? ¿Un blog para qué?"
"Para nada", dijeron, "para hinchar las pelotas. Un blog, man, un blog, no importa para qué, no importa qué, a nadie le importa qué".
"Si a nadie le importa 'qué', entonces ¿para qué cuernos me voy a poner a hacerlo?", pregunté. Me miraron desconfiados.
"Vos escribís ¿no? Vos sos escritor ¿no?". Pusieron un dedo en mi pecho. Apretaron. De esa pregunta ví colgar un hilo con algo turbio en el fondo. Claro, yo les había pasado dos o tres cosas a mis amigos para que leyeran; sobre todo a mis amigas. Hazte fama... Después por todos lados se jactaban de conocer a uno que escribía. Para quedar bien, me señalaban en los bares, en las reuniones, en las casas de repostería. Yo —el tímido, el humilde— negaba con la cabeza y proponía una sonrisa estudiada, una negación de la negación. Ahora esa confianza ociosa que tenían en mí se había dado vuelta, había viajado hasta gente extraña, distante.
"Sí, claro, claro", respondí. "Quiero ser... escritor..." No fue suficiente. Se miraron. Intenté explicarme. "Pero todavía no veo pará qué hacer un blog—" Me cortaron en seco.
"Para nuestro deleite", dijeron con acidez. No tuve respuesta. "Nos aburrimos", agregaron. Empezaron a alejarse, se dieron vuelta y, con la lentitud de un veneno, gruñeron, "Si no hacés un blog...", y se pasaron un dedo por el cogote, un dedo afilado y con premoniciones de cuchillo.
***
Escritor, escritor. Subí al departamento, fui hasta el cajón. Conté: 23 poemas y 3 cuentos. Uno sin terminar. Esas ridículas 36 páginas me habían mantenido en marcha durante tres años; pero ahora el motorcito empezaba a toser, a pedir combustible. No sé cuántas horas me pasé desmontando y rearmando las navecitas del Lego (me ayuda a pensar) sin que nada se me ocurriera. No podría escribir un blog ni aunque de eso dependiera mi vida, lo cual probablemente sea el caso.
Me acordé de una de las citas del Pulpo. Al Pulpo le gusta citar en caliente, mientras las cosas suceden. Siempre tiene una cita lista, lleva los libros adentro. Una de sus favoritas es esa de Nietzche: "Lo malo del desierto es quedarse sin nafta, brother". Nunca la verifiqué.
(Continuará...)
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